VUELO 11 DE AVIANCA




Todo son palabras y colores dentro de mí que ya no sé muy bien qué representan. Me asusta pensar que invento y no fue así, y lo que descubro, el día de mi muerte lo veré de otro modo, justo en el instante de desvanecerme.

María Teresa León



La madrugada del 27 de noviembre de 1983 se estrellaba en las inmediaciones del aeropuerto de Barajas un avión de la compañía colombiana Avianca. De los ciento noventa y cuatro ocupantes sólo once personas salieron con vida. Entre ellos una familia completa, Patrick y Elisabeth Néger, franceses, junto a sus dos hijos de tres años el primero y veintitrés meses el segundo. Un milagro, la verdad. La aeronave hacía el vuelo París-Bogotá con escala en Madrid. En cuanto se conoció la noticia corrió como la pólvora por todo el planeta. Muchos fueron los países que desgraciadamente aportaban víctimas al accidente. Francia, Colombia, Suecia, Israel, Venezuela, España...

Hasta aquí todo cuadra con la crónica desafortunada de cualquier catástrofe aérea. Sin embargo, aquel vuelo 11 de Avianca, entierra dentro algunas historias insólitas. Como por ejemplo la de los dos oftalmólogos madrileños, Luis López Bartolozzi y Federico Moreno Casanova, que regresaban de un congreso científico en Irán. O la de la venezolana Carmen Navas, superviviente, quién en el Hospital del Aire donde fue ingresada sólo podía mascullar las palabras “siete-cuatro-siete”. O la de los muchos cadáveres sin identificar que hubieron de ser sepultados en una fosa común de Coslada. O la de otros difuntos que fueron mal identificados a quienes hubo que exhumar para ser devueltos después a sus familiares. Pero de entre todas las historias hay una que me obsesiona. Una que tiene una relación directa con la literatura. En aquel desgraciado “avionazo” (como dicen en México) fallecieron cuatro de los mayores escritores latinoamericanos de su tiempo: el peruano Manuel Scorza, la argentino-colombiana Marta Traba, el uruguayo Ángel Rama y el mexicano Jorge Ibargüengoitia. Además de ellos los pintores colombianos Jairo Téllez y Tiberio Vanegas, así como la afamada pianista catalana Rosa Sabater. La mayoría viajaban en aquel avión para asistir al I Encuentro Hispanoamericano de Cultura, donde se iba a llevar a cabo un homenaje a la “Generación del 27”. Promovido por el presidente de Colombia Belisario Betancur, constituía uno de esos primeros encuentros literarios cuyo objetivo era, tras la normalización democrática en España, la reconexión de las “literatura del allá” con las “literaturas del acá” (parafraseando a Cortázar). La desgracia no quiso que se sumaran nuevas víctimas literarias, pues en la escala madrileña dispuestos a subir a bordo aguardaban los académicos españoles Luis Rosales, José García Nieto y Guillermo Díaz-Plaja.




Para quién no conozca a sus protagonistas, diremos que Manuel Scorza era por entonces uno de los narradores latinoamericanos más afamados toda vez que había terminado y publicado su saga completa “La guerra silenciosa” en torno a las revueltas indígenas del altiplano peruano. Marta Traba representaba quizá lo mejor de la crítica de arte en el continente cultural hispanoamericano (con aquel programa televisivo titulado “Historia del arte moderno contada desde Bogotá), pero es que además era una narradora prestigiosa pues su primera novela, “Las ceremonias del verano”, había conseguido en 1966 el premio Casa de las Américas. Ángel Rama, su marido entonces, sin lugar a dudas el crítico literario más influyente del momento, había sido elevado por algunos a la categoría de gurú del boom. Por último, Jorge Ibargüengoitia representaba una de las figuras clave de la narrativa mexicana, maestro de muchos escritores posteriores. Los cuatro vivían por entonces en París. Manuel, Marta y Ángel como exiliados políticos, debido a las dictaduras militares en sus países de origen, Jorge en una suerte de distanciamiento necesario de la asfixia priista.





Reconozco que todo esto desde hace un tiempo ocupa mi mente. Llevo meses pergeñando ideas y textos, acudiendo a la Biblioteca Nacional para recopilar noticias de prensa de aquellos días… Me pregunto las razones internas por las que siento tanta fascinación, y de un modo quizá precipitado llego a la conclusión de que en su acontecer cristalizan muchas líneas de fuga culturales, una de las cuales (creo) nos informaría de la literatura en español y su historia. Tiendo a pensar que eso que llamamos de un modo abstracto e impreciso “literatura en español” no es más que una suerte de comunidad cultural transnacional. Una novela de novelas. Una compleja y heterogénea superposición de corrientes culturales interconectadas unas veces, abisalmente aisladas otras. Nuestra historia colonial ha producido como resultado una “comunidad de habla” fragmentada, internamente diversa, imposible de codificar sólo a partir de la matriz “nacional”. Además, la “colonialidad del poder” como señalara el sociólogo peruano Aníbal Quijano, atraviesa todas y cada una de las formas sociales de nuestros países, de modo que no podemos obviar sus efectos estructurales en cualquier manifestación sociocultural. En el caso de la literatura, la guerra civil española, el exilio intelectual republicano, la larguísima dictadura franquista, así como el propio y convulso devenir de los estados y sociedades multiculturales latinoamericanas, han imposibilitado el afianzamiento de una suerte de recomposición de esa comunidad de habla. Así, por ejemplo, tal y como señalan los críticos Ignacio Echevarría, Andreu Jaume o Nora Catelli, durante los años sesenta y setenta coincidieron en el tiempo y el espacio dos procesos literarios superpuestos que, lamentablemente, apenas fueron capaces de dialogar entre ellos de un modo cómplice y profundo. Me estoy refiriendo, por un lado, al intento de renovación y “limpieza retórica del idioma”, de “afinación de la herramienta literaria”, en el caso español (con autores como Luis Martín Santos, Rafael Sánchez Ferlosio o Juan Benet), y por otro la desembocadura triunfante en Europa de una narrativa hispanoamericana desbordante, poderosa, transgresora, ya publicada y reconocida en sus países de origen, que fue denominada boom. Otra vez la comunidad fragmentada, la imposibilidad de escucha mutua. Y en esto llegamos a comienzos de los ochenta, donde volvieron a repetirse fenómenos de “asincronía" literaria. En el caso peninsular la irrupción de una joven “nueva narrativa” que no quería saber nada de sus mayores, o en el caso latinoamericano la apertura de nuevas perspectivas en diálogo/tensión con el magisterio de los autores inmediatamente precedentes. Aquel encuentro cultural de Bogotá quizá constituía un tímido y oficioso rito de “recomposición”, pero al accidente de Avianca vino a segar unas vidas imprescindibles y, en términos estrictamente literarios, debilitar otra vez cualquier intentona de fortalecimiento de los vasos comunicantes dentro de esta comunidad cultural transnacional.

Puede que todo esto sean elucubraciones mías. En cualquier caso y fuera como fuese, estas obsesiones me llevaron a leer dos novelas imprescindibles (bendita obsesión) que me han resultado absolutamente reveladoras. Me estoy refiriendo a “Redoble por Rancas” de Manuel Scorza y “Los relámpagos de agosto” de Jorge Ibargüengoitia. Dos clásicos ya de la narrativa latinoamericana.


Sujeto, historia y lenguaje.

“Redoble por Rancas” se publicó en 1970 en Barcelona y constituye la primera “balada” de una serie más amplia titulada “La guerra silenciosa”. En ella se nos informa de los abusos sufridos por las comunidades campesinas de los Andes Centrales del Perú a manos de terratenientes locales y, sobre todo, de la empresa transnacional norteamericana Cerro de Pasco Corporation. Estos abusos fueron respondidos mediante levantamientos comuneros a finales de los años cincuenta que, por desgracia, acabaron en represión y masacres. “Redoble por Rancas” nos sitúa en el inicio de este periplo dramático. 




En el otro plano, “Los relámpagos de agosto” (premio Casa de las Américas en 1964), nos hace regresar a los tiempos de la Revolución Mexicana y en particular a 1928. Por medio de los recuerdos del general retirado de división José Guadalupe Arroyo, uno de los muchos caudillos revolucionarios, asistimos a hechos históricos verídicos en clave desmitificadora que nos avisan sobre ese periodo agitado y fundacional de México.




Lo primero que debo reconocer es que la lectura de estos libros me ha resultado deslumbrante. No sólo asistimos a unas estructuras narrativas prodigiosas cada una en su estilo y ambición, sino que además el diálogo entre “lo narrado” y la “herramienta para narrarlo” alcanzan una altura, una precisión, una densidad y una riqueza idiomática fuera de lo común. Pero más allá de estas dimensiones, y para cerrar la reseña, me gustaría detenerme un instante en tres aspectos compartidos por estas novelas en donde, a mi juicio, residen parte de su potencia como artefacto creativo. Me estoy refiriendo a la hibridación (de forma magistral) de tres preocupaciones consolidadas en la narrativa contemporánea: la preocupación por el sujeto y la identidad, la preocupación por la historia y sus efectos, la preocupación por el lenguaje, sus límites y potencialidades.

Tanto en “Redoble por Rancas” como en “Los relámpagos de agosto” asistimos a la producción de unos personajes, unos sujetos, complejos, encarnados, ambiguos, que representan en sí mismos la tensión entre individualidad y comunidad. Tanto el “Nictálope” (en el caso de la novela de Scorza) como el “Lupe Arroyo” (para la obra de Ibargüengoitia) simbolizan la quebradiza y tormentosa relación entre las fuerzas interiores que componen una subjetividad, y las mecánicas y procesos sociales que producen identidades sociales, comunitarias. El “comunero” del altiplano de los Andes es al mismo tiempo individuo, rebeldía, trabajador, padre de familia y grey, grupo, “communitas”, “solidaridad recíproca”. El viejo general retirado es un militar, un sujeto con vida propia, intransferible en su decir y sus experiencias, pero al mismo tiempo es una pieza más dentro de un entramado colectivo de seres y ansiedades, de actos que se comunican sin solución de continuidad. Ambas obras entran de lleno en el cuestionamiento, mediante procedimientos de ironía, de esta díada formada por el individuo y la sociedad, su imposibilidad de ser segmentados ambos ni tan siquiera en el plano teórico. Más allá de la centralidad narrativa que cobran ciertos personajes, asistimos siempre a una coralidad de voces, a una constante superposición de prácticas inscritas en la vida de muchos. Para Scorza e Ibargüengoitia la historia de un sujeto es la historia de muchos sujetos a la vez, no siendo posible descomponer en átomos aquello que se manifiesta histórica y socialmente unido.

Al mismo tiempo, las dos novelas dialogan con la historia. Lo histórico, la memoria, el decurso de la historicidad (en términos estrictamente verídicos) dialogan con el juego narrativo, constituyen un personaje más de los textos. Incluso podríamos decir que suponen “el personaje central”, la trama fundante, de ambas obras. No se comportan como meros escenarios, trasfondos, decorados teatrales, sobre cuyos elementos se levanta la estructura narrativa. Al contrario, el problema de la historia situada, de la historia política como pregunta siempre abierta, anida en el corazón de estos libros. Scorza de un modo desgarrado, lírico, expresionista recorre las contradicciones de la historia peruana y, en especial, de sus comunidades silenciadas (los indígenas). Mientras tanto, Ibargüengoitia, mediante la sátira y la deformación cuasi “valleinclinesca” compone una crítica mordaz, arrasadora, de las bases fundantes del estado moderno mexicano. Me ha interesado mucho esta manera de traer al primer plano del devenir narrativo la propia historia cultural donde se inscribe lo narrado.

Y por último, todo ello se despliega a través de una indagación en el lenguaje relampagueante. Siendo como son dos estilos muy diferentes, el de Scorza barroco, heredero directo de nuestro mejor Siglo de Oro, frente al de Ibargüengoitia preciso, desnudo, absolutamente conciso y apretado al hueso del idioma; ambos desarrollan una herramienta literaria de enorme potencia. No hay concesión facilitadora y/o comercial. No hay subsidiariedad de la palabra frente a las tramas. El lenguaje literario vertebra, con enorme ambición, todo lo demás, operando como el substrato esencial de las novelas. En este sentido creo que, si la poesía (como señala el crítico español Miguel Casado) es algo así como la “conciencia crítica de la lengua”, estas dos novelas a su manera son también poéticas, es decir, problematizadoras de las bases mismas de la lengua literaria.


No puedo por menos que acabar recomendando encarecidamente su lectura. Si son dos obras clásicas ya, lo son porque a lo largo de estos casi cincuenta años siguen interpelando en nosotros algunos de los fundamentos de nuestras vidas.   

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