RECORDAR DISTINTAMENTE




Porque, para poder existir, tuvimos que aprender a recordar distintamente.

Germán Labrador.



Desde 2011 la tierra se abrió bajo nuestros pies. Lo que habían sido certezas incontestables, se volvieron simples cáscaras vacías. Aquellos que durante cuarenta años habían ostentado el monopolio de la verdad, del gusto, de la responsabilidad y el equilibrio, fueron mudando en simples caudillos, embaucadores, estrategas de su propia mezquindad. El mito de la Transición y con él todo el régimen de plausibilidad cultural hegemónico en nuestro país, comenzó a deshilacharse, a hacerse insoportable para aquellos que habían perdido la guerra social llamada “crisis”. Donde antes se enseñoreaba la Movida como juguete juvenil, divertido, ahora se contemplaba la impostura de la desmemoria, una quietud cobarde y acomodaticia. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Los libros que traigo hoy son, a mi juicio, dos de las obras más contundentes, rigurosas y audaces de cuantas conozco en el panorama de los estudios culturales hispánicos, cuyo corazón narrativo se dirige a agujerear sin contemplaciones, desde una sabiduría erudita y compleja, ese mito fundacional de nuestra sociedad contemporánea llamada Transición. Y no lo hacen como simple indagación histórica. Su pulsión se enraíza en el presente, como un modo de pensar libre en torno a las contradicciones del tiempo político que nos ha tocado vivir. Ahora bien, dado que este es un blog eminentemente volcado hacia la literatura, me gustaría esbozar apenas un par de ideas sobre estos ensayos a propósito del campo literario, pues ahí adquieren tonalidades distintas, de cierto interés, creo.

Digamos que “Culpables por la literatura” es la memoria de los olvidados, esos jóvenes transicionales de los setenta que imaginaron un país y una contracultura capaz de desestabilizar e impugnar, por igual, tanto un mundo que se moría, la dictadura, como otro que parecía nacer con hipotecas emboscadas, la democracia. Constituyeron comunidades de sentido, levantaron fisuras en las estructuras del poder, apostaron por el goce y las nuevas zonas de deseo. Una subjetividad radical. Un desafío profundo, en oposición a cualquier intentona de normalización cultural, que pagaron con la vida. Unos, como “adoradores del volcán” como los llama Labrador (en homenaje a la autodestructiva novela de Malcolm Lowry). Otros, sepultados por un silencio crítico que impuso sobre ellos el oprobio y la desaparición.




Al mismo tiempo, “Culturas de cualquiera”, desarrolla un repaso a eso que su autor, Luis Moreno-Caballud, denomina “democratización cultural”. Y sus conclusiones no pueden ser más devastadoras. El régimen cultural que se construye durante el final del franquismo y la Transición, y que queda grabado en piedra a lo largo de nuestra democracia de baja intensidad, es la expolición por parte de unos pocos, los “expertos” de la palabra. Palabra política. Palabra literaria. Palabra comunicacional. Palabra economía. Palabra, sin más. El régimen de verdad autoimpuesto a las gentes de nuestro país se llevó consigo, primero, algunas “modernidades truncadas” que habían sido fundamentales como experiencias de vida. Las “culturas del arraigo” (el mundo campesino), las “culturas de la subsistencia”, las “culturas de la postguerra”, fueron laminadas sin piedad bajo las luminarias de una modernización neoliberal que tildó de “paleto” a todo aquel que fuera incapaz de acogerse a estos nuevos tiempos de fulgor. Claro está, en esos tiempos de fulgor no todos tenían derecho a usar la palabra del mismo modo. Sólo algunos intelectuales, políticos, empresarios, banqueros, escritores, periodistas, estaban llamados a ser los portadores de la nueva verdad, sus comisarios. El resto, mansos palmeros que no debían dejar de tocar, no fuera a ser la fiesta se aguara. Pero todo llega a su fin. Y esta vez, la crisis capitalista financiera de 2008 se llevó consigo la fiesta. Como naipes deshojados fueron cayendo los baluartes del edificio ideacional. Con “el ajuste” (que es una estafa) llegaron nuevas resistencias, nuevos procesos democratizadores “desde abajo” que quisieron desnudar al príncipe, devolver la palabra a sus dueños, a sus legítimos dueños, en régimen de igualdad y apertura. Las “culturas de la Red”, la “política de cualquiera” que tomó las plazas en España en mayo de 2011, fueron sólo algunos de los eslabones sociológicos de este proceso imparable en el que todavía estamos. Nuevas instituciones culturales, más democráticas, nuevas “culturas autogestionarias en sus espacios de vida”, que pugnan por hacerse presencia en nuestras calles.




¿Por qué considero estos dos ensayos relevantes a la hora de pensar el campo literario español? Pues porque más allá del ejercicio crítico cultural que proponen (de dimensiones realmente poderosas), en sus tramas, en sus lecturas panorámicas de los complejos fenómenos socioculturales que nos han atravesado, como no podía ser de otro modo, la literatura también está profundamente enredada. El campo literario español, su canon, es también producto de esa derrota histórica de los “adoradores del volcán”, de igual manera que es reflejo de ese robo de la palabra ejecutado por pate de algunos.

Pero seré más concreto, tanto Germán Labrador como Luis Moreno-Caballud, a quienes nos gusta la literatura, nos enseñan varias cosas. Por ejemplo, a pensar los fenómenos culturales de un modo “biopolítico” (en sentido foucaultiano). A no hacer sociología de las personas, de los escritores, sino a que en el ensayo esas personas estén en cuerpo, sean otra vez cuerpo, restituyendo la complejidad de todo sujeto. Nos enseñan a nombrar las discontinuidades, a reparar en los “estilemas” y en las interesadas agrupaciones homogeneizantes de lo literario. Nos enseñan a rescatar aquellas experiencias artísticas que pretendieron, y pretenden, disolver primero el franquismo y luego la “anomia” democrática que habita en nuestra piel. No enseñan a desnudar ese poder que no sólo disciplina sino que también se apoya en los aspectos utópicos, desresponsabilizadores, de la libertad individual. Nos enseñan a volver a leer la literatura (y cualquier otra manifestación cultural) a partir de los fragmentos, de las líneas de fuga, de todo aquello que escapa a la regularidad y el orden. Nos enseñan a hacer de la palabra un “territorio de disputa”. Pero no lo hacen desde una ausencia de lo orgánico, al contrario, reconstruyen la experiencia vicaria, sensible y estructurante que los fenómenos contraculturales y contrahegemónicos también despliegan. En definitiva. Estos dos autores nos ayudan a ampliar nuestro campo de visión y desconfiar de los circuitos cerrados y los relatos críticos demasiado dados a fijar escalafones. Cierres de fila generacionales que parecen poblar la historia cultural de nuestros libros de texto.


Una cosa para acabar. Más allá del interés que por sus temas puedan despertar estos libros, recomiendo acercarse a ellos como mero placer de lectura. Están furiosamente bien escritos. Guardan una temperatura semántica, una fuerza expresiva, que los proyecta más allá de la categoría “ensayo”. Constituyen una apuesta por la destemplanza. No se lo pierdan. 

TODO ESTÁ VIVO DE OTRA FORMA


Alocén es un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara. Su historia está dominada por la desaparición y la ausencia. De origen andalusí fue conquistado por la Orden del Temple. Una de sus ermitas, en las afueras, se llama La Soledad. Quiso la construcción del embalse de Entrepeñas, allá por los años cincuenta, anegar la mayoría de sus huertos y sepultar en agua la estación de ferrocarril que conectaba la población con la capital madrileña. El éxodo rural de los sesenta hizo el resto. Alocén hoy es un vecindario casi fantasma durante el invierno, avivándose la calentura de los hombres en el verano. No tiene colegio, instituto, farmacia, ni centro médico, tampoco otros servicios fundamentales para los que toca poner camino hacia Budia.

A estas alturas quizá el lector se pregunte, ¿y qué tiene que ver Alocén con este poemario? ¿Para qué recordar su historia si lo que tenemos entre manos es un libro donde no se relatan ninguno de los acontecimientos anteriormente señalados? Tiene que ver todo y nada al mismo tiempo. Mi imaginación lectora me dice que en Alocén (en veladura, como única toponimia que figura en el libro) podemos explorar quizá algunos de los temblores que lo sostienen. O dicho de otra forma, es la historia de Alocén una metáfora que nos puede servir para indagar en algunas de las interrogaciones esenciales de la obra. Alocén es la viva imagen de la resistencia contra el vacío, de la tozudez por hacer del espacio agreste una morada, un hogar, a pesar de la desaparición, el abandono y la soledad. Alocén es una respuesta lanzada al cielo de la historia y la geografía arrasadora, como si los vientos castellanos que barren sus paisajes hasta horadarlos por completo, no hubiesen sido capaces todavía de liquidar sus huellas. Pareciera que, entre sus casas, el pensamiento latente de sus gentes fuera: ¿cómo hacer de este lugar inhóspito, morada?, ¿cómo mantener el calor de lo vivo en mitad de este universo descoyuntado? Y es justo ahí donde se entrecruzan, a mi juicio, la pavura de Alocén con la escritura honda de la poeta Esther Ramón. ¿Cómo hacer de nosotros mismos morada de sí? ¿Cómo bucear, en apnea, hacia los fondos de nuestra propia existencia, para hallar en ellos su médula primaria, su fuente última de resurrección? ¿Cómo seguir insistiendo en el abrigo de la vida a pesar de lo inestable y quebradizo del mundo (como señala Francisco Javier Irazoki en su crítica de este libro en El Cultural)?



Se emprende el silencio / como un tóxico verdor / bajo la lengua.

Morada, a mis ojos, se comporta como un libro radical (de raíz) y existencialista. Me explicaré. Tal y como reconociera Emmanuel Mounier “todo existencialismo es, ante todo, una filosofía del hombre” en la cual toma cuerpo una concepción dramática de la existencia. La contingencia de lo humano, la impotencia de la razón, la fragilidad, la finitud, la soledad, el secreto, la nada… están detrás de su latencia más profunda. Ahora bien, como también señalara el autor francés, “toda filosofía de la existencia es, por esencia, una filosofía dialéctica”, y aunque “interiorista” rechaza el aislamiento egocéntrico, esto es, “opuesto a lo que está encerrado sobre sí, cerrado como una caja, «encapsulado»”. De ahí que sus métodos más corrientes de expresión sean el “cortocircuito metafísico, la hipertensión lógica, la sorpresa, el acercamiento inesperado”. En las varias lecturas que he hecho de Morada, me ha sacudido siempre esa extraña paradoja. Por un lado, sus diferentes secciones (Excavación, Velocidad y Piedra de agua) me empujan hacia ese “existente bruto” heideggeriano que tiene tintes desolados e incomprensibles. Un fondo interiorista de vulnerabilidad. Pero por otro lado, su escritura diáfana, exacta, despojada me propulsa hacia la sorpresa y el “acercamiento inesperado” de sí, que inevitablemente abre nuevas preguntas a la conciencia.  

Es por ello que el existencialismo de Esther Ramón presenta tonalidades muy diferentes, propias. Para empezar, aun siendo una escritura del ser humano, se encuentra permanente atravesada por la naturaleza. No hay disociación entre cultura y naturaleza, ambos mundos permanecen hibridados en el corazón de la piel, indisociables. Esto es algo que se repite en toda su obra como una obsesión iluminadora. Además, el modo de ahondar en esa pregunta que, a mi juicio, atraviesa el libro (¿cómo hacer de nosotros mismos morada de sí?) guarda conexiones con esa noción de “epimeleia” griega (inquietud de sí) que Foucault investigara en su ya mítica “hermenéutica del sujeto” allá por los años 1981 y 1982. La “epimeleia” era, ante todo, una ética general del no egoísmo, una obligación para con los otros que pasaba, primero, por cuidarse de sí, por ocuparse de sí. Se trata de una “actitud” de respeto hacia el sí mismo, una indagación sobre el sí mismo, una “manera de mirada” cuyo fundamento es el traslado de la mirada exterior hacia uno con el fin después de regresar al exterior ya modificado, de ahí sus prácticas de transfiguración y cambio. La “epimeleia” sería algo así como lo contrario al individualismo capitalista. Para ser-en-los-demás (en toda su intensidad) necesitamos antes estar-en-nosotros-mismos (no se puede “cuidar” a otros si primero no te cuidas a ti).


¿Por qué creo que en Morada el existencialismo poético de Esther Ramón es “epimeléico”? Pues fundamentalmente porque su escritura apuesta por la inquietud radical de sí sin menoscabo de la ocupación nítida por los otros. La “excavación”, “la velocidad”, “la piedra de agua” que nos propone esta autora desbordan los parámetros de lo individual, articulando sus textos mediante una deliberada impersonalización. Como ya expusiera en otras reseñas anteriores, esta técnica constituye una fuente de problematización sobre el sujeto enunciador clave. Cada poema es un ahondamiento en el ser humano que no discurre por fuera o contra los entornos donde habita. No estamos ante una obra biográfica, solipsista, ensimismada, todo lo contrario, su temperatura semántica bucea en esa ética no egoísta de la que nos hablaba Foucault. Es un libro profundamente conectado con lo humano y lo vivo. Lo que pasa es que asume, en su desnudo y visceral desgarro, la incompletud, el desamparo, la incomprensión y la fragilidad del ser. Veámoslo en este poema:

Somos juntos
o es la luna,
su arrastre
hacia la ventana
encendida.
Somos tantos
trabajando en los
cimientos,
percutiendo en la raíz
con un golpe de racimo.

O uno solo que aferra
el arpón, el dañado
que camina y cae,
lo clava en
su propia pierna,
la sana con otro
cuerpo.

(No se levanta
y sigue avanzando,
cabemos miles
en el cuarto vertical,
cortes de las finísimas
agujas
en su brazo extendido,
le damos nuestros
nombres,
nos vaciamos).

Escucho las carreras,
los timbres,
la apertura sigilosa
de las ventanas,
el choque de los mirlos
contra el muro,
tan lleno que no puedo
moverme,
y espero el barco,
o es otra habitación
en penumbra.
No les oigo
pero me arrojan
sus pañuelos,
algunos caen al mar.

Es de noche y
se acabó el pan
de las palomas,
dos quedan
las letras
compartidas,
la luna que
muerde,
un impulso
de arranque
que nos une.


Una escritura enigmática

¿Y de qué medios expresivos se sirve Esther Ramón para encarnar esa “morada de sí”? ¿Cómo pone a funcionar la maquinaria literaria en pos de ese existencialismo dialéctico? Aquí radica, creo, otro de los hallazgos del libro. La poesía de esta autora, a mi juicio, heredera de ese “surrealismo liberador” del que también nos informa Irazoki, apuesta sin complejos por la imagen y la simbolización como fuerza semántica. Ahora bien, cuidado, que su literatura siga apostando por estos recursos estilísticos (hija también del linaje vanguardista) no implica que sienta pulsión por la significación y “hacer signo”. Todo lo contrario, creo. Su simbolización se abre constantemente a una pluralidad de significantes, ninguno de ellos con capacidad para hacerse hegemónicos o estables; se enraíza en la desestabilización de la lengua, huye de toda unidad, deserta de cualquier urgencia comunicable, y asume lo ilegible/incomprensible como parte fundante de la experiencia y el ser poético.

En este sentido, me parece a mí que habría que sintonizar su poética con esa “escritura enigmática” que defendía Maurice Blanchot. Si el objeto literario, para el autor francés, es “al mismo tiempo irreductible (sin ningún tipo de explicación psicológica o sociológica) e indeterminado (nunca es posible recuperar el significado total y la importancia de un texto literario)”, su traducción semántica sólo puede asentarse en una escritura donde convive “una especie de fuerza que arrastra hacia un centro de atracción desconocido —perceptible vagamente sólo para el que escribe—”. La poesía de Esther Ramón, como la de Blanchot, tensa ese “centro de atracción desconocido”, implica una negativa a la homogeneización, es legible aunque oscura, apuesta por la singularidad del texto, juega con el carácter paradójico de la imagen, ya que es algo así como una “proximidad producida por el distanciamiento”. En definitiva, la poesía simbólica de Esther Ramón experimenta lo enigmático no como pose o hermetismo deshumanizado, sino como el modo coherente de desafiar la absorción de la lengua por las dinámicas y dispositivos culturales estabilizadores. No se pierdan este libro. Sobrecoge y emociona.



Referencias bibliográficas:

Foucault, Michel (2009). La hermenéutica del sujeto. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Lechte, John (2010). 50 pensadores contemporáneos. Del estructuralismo al posthumanismo. Madrid: Cátedra.

Mounier, Emmauel (1967). Introducción a los existencialismos. Madrid: Guadarrama.

Ramón, Esther (2015). Morada. Madrid: Calambur.

Irazoki, Francisco Javier (2016). Morada. Recuperado de enlace: http://www.elcultural.com/revista/letras/Morada/38074


EL ESCRITOR COMO LECTOR.



Elegimos un personaje, lo explicamos de la mejor manera posible. Lo convertimos en una presencia casi tangible. Al dejarlo caminar por su cuenta, nos perdona.

Álex Chico


Uno de los viejos problemas de la literatura es el de la enunciación. Con la crisis del sujeto que abre la modernidad, la relación de la poesía y la prosa con el “yo” es conflictiva. Así, la construcción de personajes que encarnen vidas tangibles, subjetividades complejas, identidades encarnadas, se revela como una suerte de hilván anudado y desanudado en permanente conflicto. Después de Melville, Dickinson, Joyce, Vallejo, Kafka, Beckett, Pessoa (por dejar sólo unos nombres) no es posible escribir y no plantearse como problema la carcasa de la voz enunciadora. Y no hablo sólo de aquellas obras que, de un modo más o menos explícito, tengan como fundamento de existencia el relato de una experiencia personal, introspectiva. Incluso en aquellos textos cuyo pulso se desplaza hacia otros mundos ajenos a la propia interioridad, la tensión sobre el lugar desde el que se proyecta narrativamente esa mirada es fuente de severos desasimientos.

Una de las estrategias que ya desde el Quijote más se ha explorado en la literatura contemporánea para enfrentar este problema, ha sido eso que vulgarmente se denomina “el manuscrito encontrado”. El autor, en un ejercicio de distanciamiento, se transforma en mero lector, traductor y/o socializador de obra ajena, por casualidad hallada, que pasa desde ese mismo momento a comandar el hilo del relato. Con esta posición, el autor queda desplazado, estableciéndose una especie de igualación en su condición espectadora con el propio lector, codificándose entre ellos una relación copartícipe.

Los dos libros en los que vamos a fijarnos hoy, aun siendo completamente distintos entre sí, presentan algunas coincidencias sugerentes que, quizá, pueden ser reveladoras a la hora de acercarnos a sus escrituras. Mario Martín Gijón y Álex Chico comparten dos atributos de carácter biográfico. Ambos nacieron en Extremadura y ambos tienen casi la misma edad (uno nacido en 1979 y el otro en 1980). Sin embargo, el filamento que hace dialogar estos textos hoy tiene que más ver con ese mecanismo del “manuscrito encontrado” del que ya he hecho mención, y que articula ambas obras. En el caso de Un otoño extremeño, de Mario Martín, asistimos a la voz de un autor-traductor que se limita a presentarnos el cuaderno o diario de un personaje, el investigador forestal Thomas Jung, alemán para más señas, durante su breve estancia en la región extremeña. Al mismo tiempo en Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de postdatas, advertimos la recopilación por parte del autor (en tanto que amigo) de un conjunto de anotaciones que descubren la voz particular de un poeta, E.P., distinto del propio urdidor del libro. De este modo, apenas superadas las primeras páginas, los escritores Mario Martín y Álex Chico abandonan por propia voluntad su papel “autorial” para alinearse con nosotros en la bancada de la lectura. Más allá del juego formal, ya clásico por otro lado, creo que esta posición es toda una declaración de principios y en su mecanismo operan algunas de las tribulaciones esenciales de nuestro tiempo. ¿Qué lleva a estos autores a reintroducir en sus escrituras dicho mecanismo? ¿Por qué sigue siendo necesario inscribir en los fundamentos de la prosa ese distanciamiento de la enunciación? No creo que sea baladí ni meramente una cuestión de estilo narrativo. Tengo la sensación que para las escrituras que se están consolidando en el corazón de la crisis de nuestras sociedades capitalistas neoliberales (sobre todo a partir de los años dos mil), la cuestión del sujeto, de la subjetividad, de la “identidad narrativa” que diría Paul Ricoeur, constituye una herida orgánica, una fisura por donde respiran parte de nuestras zozobras.

Allá por los años noventa, Christa Bürger y Peter Bürger se vieron impelidos a escribir una “historia de la subjetividad” porque, a su juicio: “El sujeto ha caído en descrédito. Desde el giro hacia la filosofía del lenguaje el paradigma de la filosofía del sujeto se considera obsoleto. Ciertamente hay autores que la defienden, y en Francia se habla incluso desde hace algún tiempo de un «retour du sujet», pero la mayoría de las corrientes filosóficas (filosofía analítica, estructuralismo, teoría de sistemas, incluso la teoría de la comunicación) se las arreglan sin sujeto. El paradigma, según se dice, se encuentra agotado.” Sin embargo, el impacto de las diferentes crisis capitalistas recientes (crisis económica, política, ecológica, social y cultural) y los desajustes en la identidad individual y colectiva que comportan, el problema del sujeto, la relevancia de la experiencia social como territorio privilegiado para un mejor conocimiento de la realidad, han devenido otra vez en insumos esenciales para la inteligibilidad. Ahí están los trabajos socioantropológicos de François Laplantine, Bernard Lahire o Claude Dubar como testigos ardientes de esta cuestión. Por eso, a mi entender, la técnica del “manuscrito encontrado” de estos libros es algo más que una mera estrategia retórica. Sería algo así como un “recurso epocal”, un sedimento narratológico de estratos y conflictos mayores que atraviesan nuestras vidas y devenires.


El lenguaje de la naturaleza

Un otoño extremeño es un libro gozoso. Más allá de las anécdotas concretas por las que discurre este (¿imaginado?) investigador alemán en tierras extrañas, querría destacar dos aspectos que me han resultado emocionantes como lector. En primer lugar, asistir al despliegue de un lenguaje acaso casi ya finiquitado por el “tsunami urbanizador” en la literatura posmoderna. Qué placer poder demorarse en ciertas descripciones de la naturaleza, de la topografía rural, en la nomenclatura científica de la masa arbórea, de los nombres de lugares y pueblos. He sentido como un reverdecer de esa literatura española de los años cincuenta, maltratada posteriormente, pero que supo registrar como pocas el acabamiento de un mundo que apenas ahora tiene presencia discursiva en nuestras vidas sino es, como nos recuerda Sergio del Molino, en tanto que lugar “vacío”. Mario Martín parece rebelarse contra ese arrase y, en oposición, es capaz de registrar, dotar de potencia evocadora mediante un lenguaje generoso, recuperado y plural, toda la riqueza moral y paisajística que aún descansa en las dehesas, las áreas montañosas, los pueblos y los bosques de Extremadura. Es un libro de amor. De amor a un tierra difícil, plagada también de generosidad y hondura. Pero es un libro de amor que no obvia la desaparición, que no desfallece ante la presencia total de aquello que parece condenado a extinguirse. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una “novelita” (no lo digo en sentido malintencionado, sino todo lo contrario, por su exquisita e intensa brevedad) capaz de reconstruir todo un ecosistema socionatural.


El segundo de los aspectos que más me han interesado de su lectura, ha sido la propia temperatura de los personajes, su urdimbre. Creo que en este diario presenciamos algunas de las angustias internas que perforan al individuo moderno, al hombre o la mujer disconforme con el devenir de las cosas, con los entornos sociales poblados en exceso de racionalismo instrumental, ahogado por ese desolador “logocentrismo” desconectado del medio ambiente. En este sentido, creo que se trata de un libro ético y comprometido con eso que llamaríamos ecología. Ahora bien, no lo hace desde un programa político, desde una subordinación de la escritura al mensaje. Se articula más bien, creo, desde las contradicciones que acosan a la identidad de todo sujeto contemporáneo.



La escritura como vacío, incompletud y desmesura.

La experiencia de lectura de Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas me ha resultado alumbradora. En este “librito” (sigo con los diminutivos en tanto que afecto y máximo respeto) creo que se sistematiza toda la “poética” completa de Álex Chico, quiero decir, su modo de entender la escritura y la literatura en un sentido amplio. O mejor dicho, en la medida que Álex Chico se nos iguala en tanto que lector de sí mismo, asistimos a la “(des)carnadura” de su propia poética, en la que no se nos hurta la posibilidad de rastrear inconsistencias, contradicciones, iluminaciones, disonancias y consistencias. Cada una de las “posdatas” de esta obra daría para armar una sesión en cualquier taller de escritura creativa, pues en ellas (adensadas) se nos van componiendo las muchas preguntas que cualquier persona que desee escribir tarde o temprano se hará. En este sentido creo que este texto lanza dos desafíos de primera magnitud. Entender, por un lado, la potencia e incompletud que toda escritura inocula. Por otro asumir el vacío, la desmesura de lo literario y al mismo tiempo su anotación pegada al hueso de la vida, es decir, su inequívoca capacidad para rozar (aunque sea levemente) eso que llamamos verdad. Es un aprendizaje laborioso que exige de nosotros una constante dedicación. Y esta obra contribuye poderosamente a esa labor callada, a veces dolorosa, casi siempre necesaria.





Referencias bibliográficas:

Bürger, Christa y Bürger, Peter (2001). La desaparición del sujeto. Una historia de la subjetividad de Montaigne a Blanchot. Madrid: Akal.

Chico, Álex (2016). Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas. Sevilla: La Isla de Siltolá.

Del Molino, Sergio (2016). La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Madrid: Turner.

Martín Gijón, Martín (2017). Un otoño extremeño. Mérida: Editora Regional de Extremadura.


Ricoeur, Paul (1996). Sí mismo como otro. Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores.

VUELO 11 DE AVIANCA




Todo son palabras y colores dentro de mí que ya no sé muy bien qué representan. Me asusta pensar que invento y no fue así, y lo que descubro, el día de mi muerte lo veré de otro modo, justo en el instante de desvanecerme.

María Teresa León



La madrugada del 27 de noviembre de 1983 se estrellaba en las inmediaciones del aeropuerto de Barajas un avión de la compañía colombiana Avianca. De los ciento noventa y cuatro ocupantes sólo once personas salieron con vida. Entre ellos una familia completa, Patrick y Elisabeth Néger, franceses, junto a sus dos hijos de tres años el primero y veintitrés meses el segundo. Un milagro, la verdad. La aeronave hacía el vuelo París-Bogotá con escala en Madrid. En cuanto se conoció la noticia corrió como la pólvora por todo el planeta. Muchos fueron los países que desgraciadamente aportaban víctimas al accidente. Francia, Colombia, Suecia, Israel, Venezuela, España...

Hasta aquí todo cuadra con la crónica desafortunada de cualquier catástrofe aérea. Sin embargo, aquel vuelo 11 de Avianca, entierra dentro algunas historias insólitas. Como por ejemplo la de los dos oftalmólogos madrileños, Luis López Bartolozzi y Federico Moreno Casanova, que regresaban de un congreso científico en Irán. O la de la venezolana Carmen Navas, superviviente, quién en el Hospital del Aire donde fue ingresada sólo podía mascullar las palabras “siete-cuatro-siete”. O la de los muchos cadáveres sin identificar que hubieron de ser sepultados en una fosa común de Coslada. O la de otros difuntos que fueron mal identificados a quienes hubo que exhumar para ser devueltos después a sus familiares. Pero de entre todas las historias hay una que me obsesiona. Una que tiene una relación directa con la literatura. En aquel desgraciado “avionazo” (como dicen en México) fallecieron cuatro de los mayores escritores latinoamericanos de su tiempo: el peruano Manuel Scorza, la argentino-colombiana Marta Traba, el uruguayo Ángel Rama y el mexicano Jorge Ibargüengoitia. Además de ellos los pintores colombianos Jairo Téllez y Tiberio Vanegas, así como la afamada pianista catalana Rosa Sabater. La mayoría viajaban en aquel avión para asistir al I Encuentro Hispanoamericano de Cultura, donde se iba a llevar a cabo un homenaje a la “Generación del 27”. Promovido por el presidente de Colombia Belisario Betancur, constituía uno de esos primeros encuentros literarios cuyo objetivo era, tras la normalización democrática en España, la reconexión de las “literatura del allá” con las “literaturas del acá” (parafraseando a Cortázar). La desgracia no quiso que se sumaran nuevas víctimas literarias, pues en la escala madrileña dispuestos a subir a bordo aguardaban los académicos españoles Luis Rosales, José García Nieto y Guillermo Díaz-Plaja.




Para quién no conozca a sus protagonistas, diremos que Manuel Scorza era por entonces uno de los narradores latinoamericanos más afamados toda vez que había terminado y publicado su saga completa “La guerra silenciosa” en torno a las revueltas indígenas del altiplano peruano. Marta Traba representaba quizá lo mejor de la crítica de arte en el continente cultural hispanoamericano (con aquel programa televisivo titulado “Historia del arte moderno contada desde Bogotá), pero es que además era una narradora prestigiosa pues su primera novela, “Las ceremonias del verano”, había conseguido en 1966 el premio Casa de las Américas. Ángel Rama, su marido entonces, sin lugar a dudas el crítico literario más influyente del momento, había sido elevado por algunos a la categoría de gurú del boom. Por último, Jorge Ibargüengoitia representaba una de las figuras clave de la narrativa mexicana, maestro de muchos escritores posteriores. Los cuatro vivían por entonces en París. Manuel, Marta y Ángel como exiliados políticos, debido a las dictaduras militares en sus países de origen, Jorge en una suerte de distanciamiento necesario de la asfixia priista.





Reconozco que todo esto desde hace un tiempo ocupa mi mente. Llevo meses pergeñando ideas y textos, acudiendo a la Biblioteca Nacional para recopilar noticias de prensa de aquellos días… Me pregunto las razones internas por las que siento tanta fascinación, y de un modo quizá precipitado llego a la conclusión de que en su acontecer cristalizan muchas líneas de fuga culturales, una de las cuales (creo) nos informaría de la literatura en español y su historia. Tiendo a pensar que eso que llamamos de un modo abstracto e impreciso “literatura en español” no es más que una suerte de comunidad cultural transnacional. Una novela de novelas. Una compleja y heterogénea superposición de corrientes culturales interconectadas unas veces, abisalmente aisladas otras. Nuestra historia colonial ha producido como resultado una “comunidad de habla” fragmentada, internamente diversa, imposible de codificar sólo a partir de la matriz “nacional”. Además, la “colonialidad del poder” como señalara el sociólogo peruano Aníbal Quijano, atraviesa todas y cada una de las formas sociales de nuestros países, de modo que no podemos obviar sus efectos estructurales en cualquier manifestación sociocultural. En el caso de la literatura, la guerra civil española, el exilio intelectual republicano, la larguísima dictadura franquista, así como el propio y convulso devenir de los estados y sociedades multiculturales latinoamericanas, han imposibilitado el afianzamiento de una suerte de recomposición de esa comunidad de habla. Así, por ejemplo, tal y como señalan los críticos Ignacio Echevarría, Andreu Jaume o Nora Catelli, durante los años sesenta y setenta coincidieron en el tiempo y el espacio dos procesos literarios superpuestos que, lamentablemente, apenas fueron capaces de dialogar entre ellos de un modo cómplice y profundo. Me estoy refiriendo, por un lado, al intento de renovación y “limpieza retórica del idioma”, de “afinación de la herramienta literaria”, en el caso español (con autores como Luis Martín Santos, Rafael Sánchez Ferlosio o Juan Benet), y por otro la desembocadura triunfante en Europa de una narrativa hispanoamericana desbordante, poderosa, transgresora, ya publicada y reconocida en sus países de origen, que fue denominada boom. Otra vez la comunidad fragmentada, la imposibilidad de escucha mutua. Y en esto llegamos a comienzos de los ochenta, donde volvieron a repetirse fenómenos de “asincronía" literaria. En el caso peninsular la irrupción de una joven “nueva narrativa” que no quería saber nada de sus mayores, o en el caso latinoamericano la apertura de nuevas perspectivas en diálogo/tensión con el magisterio de los autores inmediatamente precedentes. Aquel encuentro cultural de Bogotá quizá constituía un tímido y oficioso rito de “recomposición”, pero al accidente de Avianca vino a segar unas vidas imprescindibles y, en términos estrictamente literarios, debilitar otra vez cualquier intentona de fortalecimiento de los vasos comunicantes dentro de esta comunidad cultural transnacional.

Puede que todo esto sean elucubraciones mías. En cualquier caso y fuera como fuese, estas obsesiones me llevaron a leer dos novelas imprescindibles (bendita obsesión) que me han resultado absolutamente reveladoras. Me estoy refiriendo a “Redoble por Rancas” de Manuel Scorza y “Los relámpagos de agosto” de Jorge Ibargüengoitia. Dos clásicos ya de la narrativa latinoamericana.


Sujeto, historia y lenguaje.

“Redoble por Rancas” se publicó en 1970 en Barcelona y constituye la primera “balada” de una serie más amplia titulada “La guerra silenciosa”. En ella se nos informa de los abusos sufridos por las comunidades campesinas de los Andes Centrales del Perú a manos de terratenientes locales y, sobre todo, de la empresa transnacional norteamericana Cerro de Pasco Corporation. Estos abusos fueron respondidos mediante levantamientos comuneros a finales de los años cincuenta que, por desgracia, acabaron en represión y masacres. “Redoble por Rancas” nos sitúa en el inicio de este periplo dramático. 




En el otro plano, “Los relámpagos de agosto” (premio Casa de las Américas en 1964), nos hace regresar a los tiempos de la Revolución Mexicana y en particular a 1928. Por medio de los recuerdos del general retirado de división José Guadalupe Arroyo, uno de los muchos caudillos revolucionarios, asistimos a hechos históricos verídicos en clave desmitificadora que nos avisan sobre ese periodo agitado y fundacional de México.




Lo primero que debo reconocer es que la lectura de estos libros me ha resultado deslumbrante. No sólo asistimos a unas estructuras narrativas prodigiosas cada una en su estilo y ambición, sino que además el diálogo entre “lo narrado” y la “herramienta para narrarlo” alcanzan una altura, una precisión, una densidad y una riqueza idiomática fuera de lo común. Pero más allá de estas dimensiones, y para cerrar la reseña, me gustaría detenerme un instante en tres aspectos compartidos por estas novelas en donde, a mi juicio, residen parte de su potencia como artefacto creativo. Me estoy refiriendo a la hibridación (de forma magistral) de tres preocupaciones consolidadas en la narrativa contemporánea: la preocupación por el sujeto y la identidad, la preocupación por la historia y sus efectos, la preocupación por el lenguaje, sus límites y potencialidades.

Tanto en “Redoble por Rancas” como en “Los relámpagos de agosto” asistimos a la producción de unos personajes, unos sujetos, complejos, encarnados, ambiguos, que representan en sí mismos la tensión entre individualidad y comunidad. Tanto el “Nictálope” (en el caso de la novela de Scorza) como el “Lupe Arroyo” (para la obra de Ibargüengoitia) simbolizan la quebradiza y tormentosa relación entre las fuerzas interiores que componen una subjetividad, y las mecánicas y procesos sociales que producen identidades sociales, comunitarias. El “comunero” del altiplano de los Andes es al mismo tiempo individuo, rebeldía, trabajador, padre de familia y grey, grupo, “communitas”, “solidaridad recíproca”. El viejo general retirado es un militar, un sujeto con vida propia, intransferible en su decir y sus experiencias, pero al mismo tiempo es una pieza más dentro de un entramado colectivo de seres y ansiedades, de actos que se comunican sin solución de continuidad. Ambas obras entran de lleno en el cuestionamiento, mediante procedimientos de ironía, de esta díada formada por el individuo y la sociedad, su imposibilidad de ser segmentados ambos ni tan siquiera en el plano teórico. Más allá de la centralidad narrativa que cobran ciertos personajes, asistimos siempre a una coralidad de voces, a una constante superposición de prácticas inscritas en la vida de muchos. Para Scorza e Ibargüengoitia la historia de un sujeto es la historia de muchos sujetos a la vez, no siendo posible descomponer en átomos aquello que se manifiesta histórica y socialmente unido.

Al mismo tiempo, las dos novelas dialogan con la historia. Lo histórico, la memoria, el decurso de la historicidad (en términos estrictamente verídicos) dialogan con el juego narrativo, constituyen un personaje más de los textos. Incluso podríamos decir que suponen “el personaje central”, la trama fundante, de ambas obras. No se comportan como meros escenarios, trasfondos, decorados teatrales, sobre cuyos elementos se levanta la estructura narrativa. Al contrario, el problema de la historia situada, de la historia política como pregunta siempre abierta, anida en el corazón de estos libros. Scorza de un modo desgarrado, lírico, expresionista recorre las contradicciones de la historia peruana y, en especial, de sus comunidades silenciadas (los indígenas). Mientras tanto, Ibargüengoitia, mediante la sátira y la deformación cuasi “valleinclinesca” compone una crítica mordaz, arrasadora, de las bases fundantes del estado moderno mexicano. Me ha interesado mucho esta manera de traer al primer plano del devenir narrativo la propia historia cultural donde se inscribe lo narrado.

Y por último, todo ello se despliega a través de una indagación en el lenguaje relampagueante. Siendo como son dos estilos muy diferentes, el de Scorza barroco, heredero directo de nuestro mejor Siglo de Oro, frente al de Ibargüengoitia preciso, desnudo, absolutamente conciso y apretado al hueso del idioma; ambos desarrollan una herramienta literaria de enorme potencia. No hay concesión facilitadora y/o comercial. No hay subsidiariedad de la palabra frente a las tramas. El lenguaje literario vertebra, con enorme ambición, todo lo demás, operando como el substrato esencial de las novelas. En este sentido creo que, si la poesía (como señala el crítico español Miguel Casado) es algo así como la “conciencia crítica de la lengua”, estas dos novelas a su manera son también poéticas, es decir, problematizadoras de las bases mismas de la lengua literaria.


No puedo por menos que acabar recomendando encarecidamente su lectura. Si son dos obras clásicas ya, lo son porque a lo largo de estos casi cincuenta años siguen interpelando en nosotros algunos de los fundamentos de nuestras vidas.   

DEGLUTIR EL SUPLICIO: POESÍA Y ENFERMEDAD.


¿Cuándo empezaste a enfermar, región ya para siempre inapelable?
Marta Agudo

La enfermedad constituye un territorio poético extraño. A pesar de su invadeable presencia en nuestras vidas, no son tantos los libros que se han atrevido con desnudez a bucear en sus contornos. En esta ocasión querría detenerme un instante en tres obras y tres autoras, valientes y decididas, que han apostado por masticar poéticamente esa zona. La tarea no era fácil. Marta Agudo. Alba Ceres. Olga Muñoz.

Aun tratándose de trayectorias muy distintas entre sí, creo que podríamos establecer entre ellas un cierto canal de comunicación. Me estoy refiriendo a eso que la antropóloga Mari Luz Esteban denomina una “etnografía somática y vulnerable”, o por llevarlo al ámbito que nos ocupa, una “poética somática y vulnerable” que coloca en el centro mismo de su escritura la fragilidad in-corporada, el miedo, el daño, la vulnerabilidad de los cuerpos.

Hace años lo expuso con brillantez la prehistoriadora Almudena Hernando en su La fantasía de la individualidad: “La Ilustración había anunciado un futuro brillante y emancipador para la humanidad, que sin embargo no se ha realizado. En su lugar, se construyó un orden social caracterizado por la desigualdad de género -el llamado orden patriarcal-, en cuya base se encuentra una falsa convicción: que el individuo puede concebirse al margen de la comunidad y que la razón puede existir al margen de la emoción; que cuanto más individualizada está una persona, menos necesita vincularse con una comunidad para sentirse segura, y que cuanto más utiliza la razón para relacionarse con el mundo, menos utiliza la emoción. Y esta convicción, que rige los ideales de nuestro sistema social, está basada en una fantasía: la fantasía de la individualidad.” El sujeto ilustrado, casi siempre varón claro, es un sujeto cuyo cuerpo nunca enferma, cuya propia vulnerabilidad casi nunca asoma en el horizonte. Se trata del ciudadano “aparentemente autónomo” que no necesita cuidados, que no sostiene cuidados de otros, que aleja fuera de sí cualquier atisbo de flaqueza. El individuo contemporáneo por antonomasia, concebido como mónada, como mero logos sin cuerpo ni emoción. El feminismo hace tiempo que cuestionó esa idea y devolvió al sujeto al espacio del que nunca había salido en realidad: la interacción, la transitoriedad, el dolor, la enfermedad, la comunidad de cuidados, la interdependencia...

Marta Agudo, como Alba Ceres y Olga Muñoz, todas ellas habitantes de experiencias directas o indirectas vinculadas con la enfermedad, hacen de sus libros una indagación literaria sobre la somatización concreta, corporal, emocional, dispuesta a retroalimentar y resignificar la propia identidad, la propia posición del sujeto. Uso el término identidad en los mismos términos que lo hacía Stuart Hall, para quién sería algo así como “el punto de sutura entre por un lado, los discursos y prácticas que intentan «interpelarnos», hablarnos o ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales de discursos particulares y, por otro, los procesos que producen subjetividades, que nos construyen como sujetos susceptibles de «decirse»”. En este sentido, la enfermedad y el miedo asociado a ella, operaría (siguiendo de nuevo a Mari Luz Esteban) como una suerte de “crisis de la presencia” que Ernesto de Martino ya señalara. En sus propias palabras: un “momento en que la capacidad del sujeto para actuar sobre el mundo con voluntad propia se ve dramáticamente mermada”. Y es precisamente esa tensión entre la enfermedad, su superación y los efectos pragmáticos del mismo cuando no hay solución posible, donde se dirimen (creo) algunas de las claves interpretativas de estos libros.
           
Ahora bien, enfermedad, miedo y fragilidad no son la misma cosa. Constituyen dimensiones distintas, pues remiten a formas de corporalización también diferentes. En esta línea la propia Mari Luz Esteban nos insiste en torno a dos nociones iluminadoras: “somatización” y “vulnerabilidad”. La primera guarda relación con la teoría del “embodiment” de Thomas Csordas y Nancy Scheper-Hughes, que “nos orienta a pensar en situaciones donde la corporalidad se dispone, relaciona y compromete existencialmente en su presencia sensible e (inter)subjetiva con el mundo, prestando atención a las maneras mediante las cuales atendemos con y al cuerpo, que no son ni arbitrarias ni biológicamente determinadas, sino culturalmente constituidas”. Por otro lado el concepto de vulnerabilidad a partir de autoras feministas (como por ejemplo Judith Butler y Adriana Cavarero), se concibe como “un rasgo antropológico de lo humano”, una “condición ontológica de la existencia”, una “condición que coexiste con nosotros, pero al mismo tiempo una forma de apertura al mundo «que afirma el carácter relacional de nuestra existencia»”. Desde mi perspectiva, los tres libros que nos ocupan hoy representan ejemplos poemáticos de esa somatización y de esa vulnerabilidad constitutiva de lo humano que se abre al mundo. Ahora bien, no hay que confundir vulnerabilidad con indefensión. Si algo nos muestran estas obras es que cuerpo y escritura, maridados entre sí, pueden llegar a componer una fuerza resiliente de primera magnitud. Estar indefenso frente a la enfermedad “significa que no puedes responder”, mientras que “ser vulnerable, por el contrario, quiere decir que pueden herirte, pero, al mismo tiempo, tienes cierta dignidad, sabes que pueden ir en tu contra. Pero, al mismo tiempo, el vulnerable se puede proteger.” Esta distinción está muy presente, creo, en las tres poetas. Lo vulnerable moviliza y predispone, contribuye a la conciencia de sí mismo. Lo indefenso destruye y aniquila, niega la propia mismidad. Agudo, Ceres y Muñoz escriben sobre lo vulnerable, pero no sobre lo indefenso, pues sus poemarios representan, creo, esa capacidad irredenta de responder y recomponer la vida.

Escudriñar el campo semántico de cada despedida


Historial de Marta Agudo es un libro estremecedor. En él asistimos a la semantización del dolor, a la indagación del sujeto/cuerpo enfermo como material memoria, capaz de hacer de esa experiencia un viaje reflexivo y hondo en torno a los propios límites del ser. Cada poema es un “aquí” sin concesiones, sin escapatorias retóricas, que despliega una suerte de “razón poética” (a la manera de Zambrano) orientada a “deglutir ese suplicio”. La escritura de Agudo es desolada y compleja al mismo tiempo, áspera y vertical, equilibrada y anti-retórica.

Alternando textos en primera y tercera persona (como si el sujeto fuera un vaivén iterativo constante), alternando campos semánticos de corte expresionista-existencial con otros más irónicos ligados a la cultura popular, iniciando textos con unos puntos suspensivos que nos disparan hacia una suerte de voz impersonal, venida de algún lugar ignoto, asistimos a la arqueología de la fragilidad humana, al desentierro inapelable de esos “nódulos de conciencia” que constituyen el “orden elemental” de lo que somos. Historial hiere al leerlo, pero no lo hace de manera gratuita. Se trata de una herida fecunda, hermosa, necesaria, porque nos coloca delante de algo que nos hace más fuertes. Sólo por mostrar uno de los registros en que Marta Agudo traduce esa “poética somática y vulnerable” dejo aquí este poema sobrecogedor:

No es necesario cerrar los ojos para saberse piedra del laberinto de un dios que cada noche recoge su manutención.

No es necesario cerrar los ojos para entender que el rigor mortis o señal inexpugnable…

Sí para oír los latidos que razonan tu secuencia. Tu ritmo arterial, tu ritmo venoso crujen a cada segundo. No hay cordilleras que amansen este vaivén de días, soles y breviarios que relatan el placer de un recorrido.

La frialdad del cadáver se impone. También la caricia materna o anfitriona.

Ser culpable de vida.



La cuida

Luciérnaga de Alba Ceres, por el contrario, se aproxima a la enfermedad desde los ojos del que cuida, del que asiste a la caída del otro. Decía el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas: “–Yo pintaré un hombre con una linterna. / –Hazlo. Pero qué le pondrás / alrededor para que se vea? / –Pues, noche dijo, ya iracundo.” Alba Ceres (que no  es iracunda) pone la noche alrededor de la figura de la madre enferma, para contemplar desde ahí, cual luciérnaga, la grandeza frágil de lo humano.


Tuve la inmensa suerte de asistir a la presentación de este libro en Madrid y me atraparon dos cosas. La primera, el lugar desde donde la autora leía los textos. Era una especie de ejercicio introspectivo profundo que, sin embargo, no retroalimentaba solipsismo alguno. Su “poética somática y vulnerable” apostaba por la toma de conciencia del dolor en tanto que posibilitadora de una “vida en lo profundo” (que diría el poeta boliviano Jaime Saenz), de un latido interconectado con las dimensiones fundamentales del mundo. Si bien este poemario nace de la muerte de su madre fruto de la enfermedad, lo que podemos descubrir entre sus páginas es la infinita, bella y poderosa lucha contra la parálisis, el sujeto que sabe a través de la enfermedad hasta qué punto el amor puede llegar a ser el substrato de la existencia. La segunda cosa que me impresionó de su lectura en Madrid, fue el equilibrio entre una escritura minimalista, adensada, y su ambición por lo complejo. Son muchos los poemas que se podrían rescatar a modo de cata, pero recupero este que nos puede ayudar a entender mejor ante qué clase de autora estamos:

aún mentira
o emboscada
si algo
hurgo
sedimentos si
estuvieras si
mamá
cercana
y timbre
en tú y
tocar
si no
este hueco
alrededor
que no parece



La danza o los supervivientes

En Cráter, danza de Olga Muñoz asistimos a la caída y resurrección de un cuerpo. La enfermedad, “cómo extirparon las vértebras”, “el cráter” entendido como imagen metafórica de un trallazo sobrecogedor que asedia la vida cuando se recibe la noticia del daño, es seguida de un proceso paulatino de reconstrucción subjetiva. Lo que más me emociona de este libro es el reconocimiento de la escritura como un movimiento de redención, o mejor aún, cómo la escritura puede dar cuenta de la capacidad “somática” resiliente que toda voz, todo cuerpo, toda persona acumula dentro de sí. El “canto empuja”, “los órganos se agigantan”, la resistencia supera los propios límites del miedo. Y por ello, creo, se trata de un libro necesario.


Olga Muñoz encara “esa crisis de la presencia” de la que hablábamos al principio, y mediante una escritura despojada y precisa, levanta un edificio verbal de incontestable hondura y belleza. Leerlo es un gozo no exento de dolor. Quiero traer el último poema del libro porque cuando regreso a él una y otra vez, se me demuestra la todavía intocada capacidad de la poesía para tratar de comprender, de otro modo, todo aquello que nos conforma como cuerpo y materia viva:

miedo ninguno

baila
asomada al vacío
reconoce los lugares
para el llanto
mira
arroyos de sangre
un volcán oceánico

aquí estamos
los supervivientes
repite
corroídos





Referencias bibliográficas:

Agudo, Marta (2017). Historial. Madrid: Calambur.

Ceres, Alba (2017). Luciérnaga. Barcelona: Kokoro Libros, Kriller71 ediciones.

Esteban, Mari Luz (2015). La reformulación de la política, el activismo y la etnografía. Esbozo de una antropología somática y vulnerable, en Ankulegi 19, 2015, 75-93.

Hernando, Almudena (2012). La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Madrid: Katz Editores.

Martínez Rivas, Carlos (2006). La insurrección solitaria, seguida de Varia. Madrid: Visor.

Olga Muñoz (2016). Cráter, Danza. Madrid: Calambur.