NOVEDAD: RITUAL


Queridos/as amigos/as:

Tengo el placer de comunicaros la reciente publicación de mi último poemario titulado "Ritual", editado por Amargord dentro de su colección "Fragmentaria". Se trata de un proyecto muy querido por mí.

El prólogo corre a cargo de la poeta argentina Mercedes Roffé.

Igualmente os comento algunos espacios y lugares donde, en los próximos meses, tendrá lugar su presentación:

9 de Abril (Sábado) a la 13:30. La Fuga Librerías (C/ Conde de Torrejón, 4. Sevilla). Lectura de Laura Casielles y Ernesto García López dentro del Ciclo "Cercanías: Reflexiones abiertas sobre poesía contemporánea". Presenta Carmen Camacho. Ampliar información en: http://www.nodo50.org/lafuga/cercanias.html

13 de Abril (Miércoles) de 16:00 a 17:00. En Radio Círculo (100.4 FM), dentro del programa DEFINICIÓN DE SAVIA del Círculo de Bellas Artes. Presentan Esther Ramón y Juan Soros. Para más información: http://www.circulobellasartes.com/ag_radio.php

28 de Abril (Jueves) a las 19:30. La Central del Museo Nacional Reina Sofía. Presentación de RITUAL de Ernesto García López a cargo de Óscar Curieses y José Luis Gómez Toré.

5 de Mayo (Jueves) a las 19:30. Librería Primado (Avda Primado Reig, 102. Valencia). Presentación doble a cargo de Enrique Falcón y Víctor Gómez de los libros de poesía Ritual, de Ernesto García, y Dentro, de Óscar Curieses. Ampliar información en: http://libreriaprimado.blogspot.com/



Y como aperitivo me gustaría transcribir un par de aproximaciones al libro hechas para la ocasión por parte de dos excelentes poetas: la española Esther Ramón y la argentina Mercedes Roffé. La primera ha preparado el texto que figura en la Nota de Prensa, la segunda el bellísimo prólogo que se incluye en el libro. Espero que lo disfrutéis tanto como yo:

Como una pintada íntima en el muro interior de la casa de todos, Ritual, de Ernesto García López, se desgrana, y desgrana lo vivo, lo que respira y es a su vez irremisiblemente respirado, posicionándose con firmeza en un gesto de apertura hacia el otro, en ocasiones doloroso. Tomar el pincel entre la fragilidad y la fuerza, con la unción y la delicadeza de lo sagrado, con el pulso de quien reconoce las voces de las termitas que devorarán la madera de lo escrito, y anticipa sus letras pulverizadas con esquirlas minuciosas que nada exhiben, excepto su probidad. De lo vivo a lo muerto, el poemario rinde cuentas antes de pedirlas, “cara a cara” con lo real, en un terreno intermedio entre lo irremediable (“Treguas no hay / Sucede nuestro fin”) y lo irremplazable (“Todo eso llevo conmigo”), entre el destino común de lo colectivo y la frágil perdurabilidad de lo individual, para caer en la ligadura última que a todos nos engarza, que con el mismo nudo abierto nos acuna, nos reúne y, “en el latir casi solitario”, para siempre nos separa. O quizá no, si –con las manos sobre el muro, de una vida a otra, del gesto que se crea, que muere y se repite en lo vivo como la piedra que salta en la superficie del lago– prevalece el “casi”.

ESTHER RAMÓN


Hay libros que dibujan su propio rostro; libros que trazan la espiral que conduce hacia ellos mismos, su centro, su unicidad. Ritual es uno de esos libros: una voz que comienza, firme y tenue al mismo tiempo, y va cobrando vigor a medida que avanza en su propia búsqueda.

Unas pocas líneas bastan para orientarnos en la lectura: “se empoza”, “soledumbre”, “embrean”… Se reconoce ese campo que Ernesto García López empezó a transitar en sus libros anteriores –Fiesta de pájaros (2002), El desvío del otro (2008)–, un campo penumbroso y llano –no necesariamente triste ni adusto; más bien reflexivo, circunspecto– incrustado de piedras preciosas: palabras que nos asombran, nos detienen, nos remontan a otras voces, como aquí al Vallejo de Los heraldos negros, al Octavio Paz de Árbol adentro, o al quizás menos presente Cancionero unamuniano.

Como si tanteara un territorio sagrado, con esa prudencia, ese respeto, esa unción, Ritual se inicia bajo la invocación de esos y otros maestros, tales como el pintor burgalés Fermín Aguayo, bajo cuyas palabras parecería quererse cobijar todo el volumen, o el poeta mexicano Xavier Villaurrutia, que ilumina “Monotipos”, la primera sección del libro.

Es quizás esa mirada autorizada, rigurosa, que se invoca en otros y tal vez se encarne en el propio poeta, la que parece haber sometido a esas primeras páginas a una poda, a un ejercicio de silencio, del que apenas parecen sobrevivir unos pocos pero lúcidos axiomas: “Comprender no significa nada” (p. 5), “La desaparición no es una excepción incontrolable. Se trata de la norma” (p. 14), y unos infinitivos que surgen con fuerza de consejo: “Manifestarse. Segar lo que adrede se olvida. Borrar lo que encarnizadamente nos daña” (p. 15). Y a apenas un palmo del punto de partida, como si el poeta quisiera advertirse y advertirnos de algún peligro inminente, irrumpe la sabiduría de un graffiti: “Recuerda tu fragilidad” (p. 12).

Por esta vía, con esta cautela, el poema llega a las líneas que parecen meditar sobre el camino por el que se nos ha conducido, por el que se nos ha acompañado:
“Despojarse. Preguntar por la desolación… / Quedarse allí. Repetir el asombro… quebrando la transparencia… Como un perro zaherido que se lame y arrellana” (p. 22). O, como dirá un poco más adelante: “Nombrar las cosas. / Poner en claro cada obsesión y llevarla hasta su canto” (p. 29). Eso es, precisamente, lo que aquí se hace: llevar cada vivencia, cada intuición, hasta ese punto en el que la palabra se desdobla, y es poema y extremo.

La segunda sección, “Alquimia del dolor”, se abre bajo la impronta de Baudelaire, de quien proviene el título, y de una firme exhortación de Juan Ramón Jiménez a salir de uno y ser y fundirse en el otro. Los poemas que siguen –o más aun, el poema dividido en xxi entradas que conforman esta sección— se hacen eco de esa dicotomía interior sobre la que medita Baudelaire, esa capacidad humana de transformar, por arte y gracia del dolor, el oro en hierro. El otro al que nos invita a tender Jiménez no aparece aun sino como parte de todo lo perdido: “Otra cosa el dolor (¿te acuerdas?)” (p. 36). A los breves axiomas de “Monotipos” se les opone aquí una duda que se devela como una dolorosa forma del saber: “No sé. Quizá sedimente el frío…” (p. 35), “No sé. Quizás la transparencia se incube…” (p. 36), y un “Sé”, igualmente drenado por la duda: “quizá no haya rompiente en la costa” (p. 37), “Tampoco eso es certeza.” (p. 37). Una duda que se erige en método de reflexión y camino de conocimiento.

En “El grito es un movimiento inacabado”, la tercera sección del poemario, Ernesto García López vuelve a poner su palabra bajo la égida de un artista plástico, esta vez el catalán Miguel Mont, quien con su “Nada es íntimo si no es un eco de latido colectivo”, parecería dar un paso más allá del otro individual con el que Juan Ramón Jiménez nos invitaba a fundirnos, para llegar ahora a un otro multitudinario cuyo corazón latiera al unísono con nuestra propia intimidad. En la poesía de García López, ese latido de los otros se vuelve el grito que irrumpe en el poema (p. 40). En efecto, en esta sección, es la historia la que irrumpe, con sus nombres propios, sus tanteos, esas “marchas lunares”.

Y lo que se revela, llegando como estamos casi a la médula de este ritual, es que lo que el poeta tantea aquí –en esta marcha lunar– no es ya el silencio para encontrar la palabra; es también la forma del poema, que se ensaya nueva en cada sección, de modo de mejor encauzar la sangre, la inquietud, la preocupación que la mueve. El hilo que empezaba tenue en “Monotipos” se afirma aquí, de la mano de nuevos maestros –Juan Liscano, Virgilio Piñera– para ahondar en el dictum jimeniano con un más rotundo y comunal: “Tenemos que salir de aquí” (p. 46).

Llegamos así a la penúltima estación de este recorrido, “Corte arbitrario”, una arbitrariedad que habla por cierto del corte del verso, que se despliega ahora en una amplitud hasta aquí no explorada, como si la cautela con que inicialmente se tanteaba el silencio fuera ahora la guía para tantear la potencialidad de un espacio que algunos pretenden mudo, y otros, tan significante y musical como la palabra misma. Un espacio explorado por la “escritura-labranza” que de pronto devela nuevas piedras preciosas, no ya como las primeras –bellas por maceradas y añejas, reencontradas–, sino por luminosamente nuevas más allá aun del oscuro ethos que a veces denuncian: “ríos / ríos de antílopes muertos” (p. 56) o, más adelante: “oh, cielo / colosal en mi boca / más escaso en la mirada / sigue / no te detengas / libera / el alba…” (p. 59).

El poema ha ido más allá del yo y del tú, más allá de un escueto nosotros comunitario, y ha arribado a esas cifras que nos conminan a todos, en tanto que raza humana: 1989, 2001, 2005, 2006, 2007… Números de los que somos víctimas y artífices. Cortes arbitrarios de un tiempo y de un espacio que parecería medirse por catástrofes, o por ghettos: Brixton, Camberwell, Peckham, Stockwell, las “zonas de mayor diversidad étnica” de Londres –ciudad donde el poeta compuso la mayor parte de este libro–, expresión en la que el eufemismo no alcanza para ocultar el sentido vital verdadero: áreas marginales, “inner cities”: inmigración, pobreza, insalubridad, violencia, semianalfabetismo... Hemos salido del yo, pero no del latido que late en el poeta.

Cumplidos todos los preparativos, tan cruciales como el rito mismo, llega “Ritual”, la sección que cierra el libro. La voz poética se hace eco aquí no del logro que se podría esperar sino de algo que se da a entender como fracaso, como un fracaso comunal que concierne tanto al poeta como al lector, en tanto miembros de la raza humana. Un fracaso como la manzana incrustada en el lomo de Gregorio Samsa: O reaccionamos, o nos pudrimos con ella. “De humeantes rescoldos / De musgosa carne / De aquellas faldas de polvo / estamos hechos” (p. 66), dice el poeta aquí, corrigiendo la más que etérea materia de la que nos había hecho Shakespeare. Un compromiso a asumir –parecería advertírsenos– si no queremos seguir regodeándonos en la ilusión de un futuro “sin alcanzarlo nunca” (p. 67).

Así llegamos al final de las cinco estaciones por las que, como un hilo de Ariadna, nos conduce esta voz, discreta y sabia, sin falsas estridencias, cauta, acompañándonos desde aquellos primeros pasos en los que apenas se vislumbraba una que otra escueta verdad, hasta una conclusión vigorosamente orquestada, insoslayable, en la que, una vez más, el “hipócrita lector” es conminado a reconocer su yo, su dolor, su ser, su intimidad, como sólo un eco de un pulso colectivo.

De aquí en más, sólo se tratará de reiniciar, o continuar, el rumbo que, del yo a los otros, de la inicial “soledumbre” a la final “ligadura”, nos marque la conciencia.


MERCEDES ROFFÉ
Nueva York, abril de 2010

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