Poemas de Coral Bracho




La mexicana Coral Bracho es una poeta poco conocida en España. En 2004, un año después de su publicación original en la editorial Era, Pre-textos reeditó Ese espacio, ese jardín. Aquella ocasión significó el inicio del acercamiento hispano a su poesía. Estamos ante una de las voces más sólidas y complejas del panorama latinoamericano, en cuyo trabajo se enraíza la tesis de que el lenguaje nos configura, que es en el lenguaje donde nos vamos ramificando como colectividades subjetivas. Lo expresó allá por 1941 Benjamin L. Whorf al querer formular su principio de la Relatividad Lingüística: «…es precisamente el fondo de experiencia gramatical de nuestra lengua materna lo que incluye no solamente nuestra forma de construir proposiciones, sino también el modo en que disecamos la naturaleza, separamos el flujo de la experiencia en objetos y entidades para construir proposiciones sobre ellas.» A nadie se le escapa que, llevada hasta sus últimas consecuencias, esta teoría nos empuja a la autonomía del habla y, por extensión, la independencia de las formas lingüísticas (la escritura, por ejemplo) respecto del mundo material. El lenguaje (y su derivado, la cultura) engendraría nuestro ser en un proceso de causación inverso al postulado por el materialismo. Empero el lenguaje también es un acto social, consuetudinario, de modo que las comunidades de habla nos comportamos como interacciones comunicativas plagadas de haces de variaciones. Heteroglosia, que apuntaba Batjin. De ahí que en "Ese espacio, ese jardín" sobrevivan aspectos que se referencian a lo biográfico, ya sea personal o colectivo, los recuerdos, la propia existencia del sujeto hablante pero transustanciados en iconos, símbolos abstractos que se producen en el acontecimiento mismo de la escritura. La voz de Coral Bracho parece intimista, sin embargo está cargada de una gran potencia "demiúrgica", constructiva, pues su palabra se aleja de la trampa de la sinceridad tal y como recomendaba Roland Barthes en su “La enfermedad del diario”: «Si tomamos en cuenta que ha pasado por nosotros el psicoanálisis, la crítica sartreana de la mala conciencia, la crítica marxista de las ideologías, la idea de confesión es inútil. La sinceridad no es más que un imaginario de segundo grado. […] ¡Qué paradoja! Cuando elijo la forma de escritura más directa y espontánea me convierto en el más burdo de los histriones.»


Para que puedan disfrutar tanto como lo he hecho yo con la lectura de este libro les dejo algunos poemas:


II


Oigo tu voz; la siento entreverarse,
encender. Algo
dijiste entonces,
de tal modo,

de tal modo que siempre crece; crece y se extiende
como una hiedra, como una selva,
como una arena
luminosa.



*


¿Qué es lo que entorna mi vida en el dintel
de esa voz?
¿Qué es lo que toca de su brillo profundo
y entre el rumor
de su cascada oscura? Agua


de fluida luz. Agua
de entramados relieves.


-Que en sus costas se tiendan y humedezcan las sombras,
que en sus cuencas florezcan. Que en su dorada red
como ofrenda ancestral se esparzan
y en ella arraiguen, y en ella cifren su simiente.

Que ante el profundo umbral,
donde las urnas y las piedras
descansan, la lluvia encienda
su cadencia.
Deja
que entre sus brillos
y entre las suaves hebras de su espejo
anochezca.



*


Es la noche el lugar
que ilumina el recuerdo.

Es una vasta construcción
sobre el mar. Es su despliegue
y su secuencia.
Amplios corredores se extienden sobre blancos pilares.
Las terrazas abiertas sombrean las olas,
y uno se interna y cruza
por insondables extensiones.

Va la mirada inaugurando los trazos,
van las pisadas centrando la inmensidad.
Y su perfil
cambiante se va trabando.
Y su emprendida solidez
nos va infundiendo una claridad: la del espacio
que se entralaza. Vemos
transparencia en los muros, transparencia en las densas,
despiertas olas y una alegría nos roza como un augurio,
como la aleta fina y sigilosa
de un pez.

Es la memoria el viento
que nos guía entre la noche
y en ella funde
su tibieza: Nos va llevando,
nos va cubriendo con su aliento. Y es su suave premisa, su
levedad
la que entreabre esas puertas:
Balcones, cuartos
aromados pasillos. Salas
de inextricable y nítida placidez. Ahí,
entre esplendores recién urdidos,
bajo el espacio imperturbable, recobramos, a gatas,
la expresión de los muebles,
su redondeada complacencia: Todo
nos cubre entonces
con una intacta
serenidad. Todo
nos protege y levanta con gozosa soltura.
Manos firmes y joviales nos ciñen
y nos lanzan al aire, a su asombrosa, esquiva, lubricidad.
-Manos entrañables
y densas. Somos
de nuevo risas,
de nuevo rapto bullicioso,
acogida amplitud.


Todo
nos retoma y nos centra,
todo nos despliega y habita
bajo esos bosques
tutelares: Agua
goteando; luz
bajo las hojas intrincadas del patio.

[...]


Coral Bracho

Roberto Juarroz



Alguna vez he intentado escribir una poética. Lo he perseguido con nerviosismo y, en la mayoría de los casos, tras su redacción he creído conveniente que duerma el sueño de los justos en algún cajón de mi estudio. Sin embargo, no soy de los que opinan que se trata de un acto fallido o innecesario. Al contrario, me parecen imprescindibles y pertinentes. Nos ayudan a formular las preguntas adecuadas y someter a constante contradicción nuestro propio decir. Lo que ocurre es que, hasta el momento, no he reunido la madurez intelectual suficiente como para clarificarme a mí mismo, tampoco ordenar (si es posible tal orden) mis pensamientos e intuiciones. Menos mal que tenemos a Roberto Juarroz. El poeta argentino es lo más cerca que puedo estar de mi propia poética, la que aún no he sido capaz de redactar. Empiezo a pensar que, en el fondo, no está escrita porque ya fue escrita y porque, quizá, no tenga nada que añadir. Se llama "Poesía y Realidad" y la publicó Pre-textos en 1992. Ojalá algunos de mis versos consigan ser, si quiera, puro palimpsesto. Me gustaría traer a colación algunos fragmentos de este libro que, a día de hoy, siguen siendo una referencia personal:


Aquello que podríamos llamar el principio de realidad no es captable por una sola de las capacidades, facultades o aptitudes del hombre, sino por la conjugación unitaria y unitiva de todas ellas, lo cual es mucho más que su mecánica suma. Creo que ocurre lo mismo con la poesía. Una de las perspectivas más altas del espíritu en la época actual es la recomposición o recuperación de la unidad del hombre a través de la poesía. Bajo ese ángulo, el pensar y el sentir son una sola cosa, como la inteligencia y el amor, la contemplación y la acción. El hombre ha sido tercamente burlado y partido. Su capacidad de imaginar, su poder de visión, su fuerza de contemplación, quedaron en el margen de lo ornamental y lo inútil. La poesía y la filosofía se separaron en algún pasaje catastrófico de la historia no narrable del pensamiento. El destino del poeta moderno es volver a unir el pensar, el sentir, el imaginar, el amar, el crear. Como forma de vida y como vía hacia el poema, que debe plasmar esa unidad.

[...]


Claro que habrá siempre una poesía del hombre dividido (sentimental o social o panfletaria o ideológica, producto del desahogo o la proclama, abusando casi siempre de lo reiterativo, lo discursivo o lo retórico). Pero también habrá siempre una poesía del hombre sin dividir, a mi ver la única que importa, ésta a la que trato de aproximarme con ustedes hoy, la misma que buscábamos algunos hace años cuando bautizamos con el título "Poesía igual poesía" a una revista joven. La poesía que sólo está al servicio de su propia libertad creadora, la que no tiene retorno, la que se convierte en destino.

[...]


La poesía del hombre no dividido, sin embargo, seguirá siendo paradójicamente ruptura, contracorriente, marginalidad, porque no puede en su arrojo esencial dejar de partir o desbaratar los preceptos y las normas estereotipadas del lenguaje y de la comunicación masiva de los hombres divididos. También Unamuno escribió alguna vez: "El mundo espiritual de la poesía es el mundo de la pura heterodoxia, o mejor, de la pura herejía. Todo verdadero poeta es un herético, y el herético es aquel que se atiene a postceptos y no a preceptos, a resultados y no a premisas, a creaciones, a poemas y no a decretos, a dogmas."

[...]


El poeta es un cultivador de grietas.
Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro. Se está lejos aquí de la belleza cultivada en invernaderos, del deliquio sentimental, de la literatura convertida en juego, refugio hedónico, virtuosismo o impacto. Se está lejos del periodismo disfrazado de actualización de la verdad, de la crítica que pretende someter la creación a un entarimado seudo-científico o a un sistema de moda para sus intérpretes y valores. Y se está lejos también de disciplinas como la filología o la lingüística, que aunque se ocupen con cierta seriedad del lenguaje, no podrán nunca dar cuenta de la poesía, ya que olvidan, entre otras cosas, aquella idea de Emerson mencionada por Borges en una de sus últimas entrevistas, poco tiempo antes de morir: "El lenguaje es poesía fósil". O dicho de otro modo: La poesía es la vida no fosilizada o desfosilizada del lenguaje.


Roberto Juarroz

Un poema de Francisco Ferrer Lerín


MIRÓN

Un mirón mira desde una persiana. Mira a una mujer que se halla en una habitación cuya ventana queda cerrada por una persiana. De persiana a persiana. Cuando lleva varios meses mirando a la mujer descubre que la mujer le mira. También ella es un mirón. El problema del narrador es hacer absolutamente comprensible su relato. El mirón va desnudo. Aparatos ópticos: prismáticos, catalejo con trípode.

[1972]

Francisco Ferrer Lerín

Luz de paciencia, del fotógrafo César González




Fotografías. Serie Erizos, de César González.

El pasado 19 de junio tuvo lugar en la sala de exposiciones “Bodegas Monje” de El Sauzal (Tenerife) la primera retrospectiva del fotógrafo canario César González titulada Luz de paciencia. Para quienes le conocemos este acontecimiento ha sido algo más que una exposición, se ha tratado de un suceso vital y artístico, de esos que modifican la realidad íntima. Porque, por encima de todo, la mirada de César González supone una modificación del propio ejercicio de “mirar”. En nuestra sociedad postindustrial, mecanizada, cautiva de la celeridad y el just-in-time, cualquier apuesta de paciencia, lentitud, introspección reflexiva, queda excluida de los márgenes de la realidad. Vivimos en un continuo sprint. Y no lo digo sólo como imagen metafórica de estos tiempos modernos, no, lo digo en su sentido más ontológico, más constitutivo del modo en que aprehendemos nuestro alrededor. La mirada postmoderna parece levantarse sobre una veladura de fragmentaciones, hilachas rapidísimas que saltan de un objeto a otro. Los medios de comunicación, el cine, la música simulan enormes mecanismos de ilusión cuya médula identitaria es la carencia, la caducidad y el instante. Sin embargo, César González nos propone justo lo contrario, detenernos una tarde entera ante un objeto (ya sea vital o inanimado), rumiar su epidermis, intuir sus límites, conocer cómo la luz lo configura y lo ramifica, tomar, en definitiva, lo que de presencia tiene. Y todo ello desde una negación del antropocentrismo pues, como buen militante ecologista que es, César González sabe de lo precario del ser humano y de su inevitable conectividad con la naturaleza que lo retroalimenta. Mirar, para César González, es devolver al hombre la capacidad de asombro por todo aquello que existe sin más. Puede parecer una idea sencilla, ingenua incluso, pero si la contrastamos con los mensajes estridentes que nos impone nuestra pretendida modernidad, no me negarán que tiene algo de iconoclasta, subversiva, contraria a los tiempos.

Cada fotografía de César González nos obliga, a su vez, a recrear un mundo, a imaginar un personaje o una situación. Poco importa que los seres fijados por el fotógrafo sean seres animales o puentes o detalles de objetos aparentemente inmóviles, cualquier forma en sus manos asciende a la categoría de “personaje-presencia”, de realidad invadeable, de tal modo que nuestra mirada queda enredada en los misterios de lo desconocido. Y recordemos lo que sugería Federico García Lorca en aquel famoso croquis del marinero con una rosa en el ojo: “Sólo el misterio / nos hace vivos / Sólo el misterio”. Un verso que podría aplicarse perfectamente al trabajo creativo de este fotógrafo canario.

Prefiero que sea el propio César González quién les guíe (con la sencillez y humildad que le caracteriza) por el camino turbador de sus fotografías, para ello dejo aquí el texto que preparó como introducción a la exposición. Espero que disfruten tanto como yo.

“LUZ DE PACIENCIA es un resumen de más de 20 años de fotografía. Se compone de cuarenta fotografías, todas ellas con un hilo conductor, LA LUZ.

Entender y captar la luz en ese momento del atardecer o de la noche más oscura, vivirla y sentirla, es para mí el mayor reto, porque quiero atraparla y mostrarla, tener PACIENCIA.

Como fotógrafo es la primera vez que tengo el atrevimiento a exponer individualmente. En este tiempo siempre lo he hecho de forma colectiva.

Mi formación fotográfica ha sido más bien autodidacta, aunque tres años en la escuela de fotografía en la Universidad Popular de Puerto de la Cruz, dos años en la Escuela Municipal de fotografía de Los Realejos y mi incorporación y participación en diferentes colectivos fotográficos (Colectivo Audiovisual Pejeverde, CIAM, La Mirilla, Haluro) me han dado la posibilidad de entender la fotografía como herramienta para ver el mundo de otra manera: pequeña, mirando matices, colores y segmentos que nos rodean, pero que en el día a día nos pasan totalmente desapercibidos.

Además, y por otra parte, la fotografía me ha hecho crecer como persona. La cámara fotográfica ha abierto en mí puertas y ventanas: a lo tradicional (fiestas, costumbres,..), a lo social (viajar con la cámara, ver situaciones, rostros, arquitectura, manifestaciones,..), a lo natural (el paisaje, la lluvia, las nubes, la brisa,..)

A día de hoy, si pudiera nacer otra vez, elegiría la fotografía como herramienta para crecer.”

César González

No Drama, de Compañía Antonio Ruz



Allá por 1947, en su Crítica de la razón instrumental (cuyo título en inglés, más esclarecedor, era Eclipse of Reason), el filósofo Max Horkheimer denunció los abusos de un modelo de racionalidad sustentado en el “dominio” y la “autoconservación”. Lo que debería haber sido un instrumento para la libertad, se había transformado en una Hydra insaciable capaz de fagocitar a su propio linaje, es decir, nosotros mismos. La racionalidad ilustrada había dado como resultado un mecanismo de “racionalización” (por usar la terminología acuñada por el filósofo francés Edgar Morin) que se convertía en un fin en sí mismo libre de ataduras éticas. Cualquier ente (animado o inanimado) fue degradado a la condición de insumo, recurso, medio, in-put utilizable por y para la reproducción de las fuerzas sociales y económicas del hombre. Este modo de “razonar” retroalimentó un capitalismo deshumanizado que encontraba precisamente en él su sancta santorum, seña de identidad básica. Y hasta tal punto fue así que ahora, mientras observamos con impávida quietud la puesta en peligro de los ecosistemas y, en cierta medida, de nuestra propia existencia como especie, no somos capaces de deshacernos de tal camisa de fuerza. El propio Max Horkheimer lo expuso de manera más precisa: “Las fuerzas económicas y sociales asumen el carácter de potencias naturales ciegas que el hombre ha de dominar, adaptándose a ellas, para sobrevivir. Como resultado final del proceso tenemos por una parte el sí-mismo, el yo abstracto, vaciado de toda substancia que no sea su intento de convertirlo todo, en el cielo y en la tierra, en un medio para su conservación y prevalecimiento; y, por otro, tenemos una naturaleza vacía, degradada a mero material, a mera materia prima, que ha de ser dominada sin otro fin ni objetivo que el del dominio mismo.” Esta racionalidad instrumental necesita de “totalidades”, de “cierres epistemológicos” que conducen al pensamiento occidental a un delirio de posesión etnocéntrica. Cualquier modo de racionalidad diferente, alejada de esas totalidades ensimismadas queda expulsada del hecho social.

Sin embargo, la filosofía y el arte han sido obstinados. Muchos pensadores y artistas han mantenido viva la llama de la crítica a esta racionalidad dominadora y totalizante. Las artes plásticas, escénicas, la literatura han insistido en la necesidad de infiltrarnos entre los pliegues de esas “verdades” para rastrear los intersticios, las quebraduras, el otro lado de las cosas (que decía Cortázar), los límites que contaminan ambas lindes de la realidad. En esta línea se sitúa la obra No Drama de la Compañía Antonio Ruz, exhibida los pasados 18 y 19 de agosto en La Casa Encendida de Madrid. Como nos propone el texto de presentación: “Una situación dramática puede transformarse en una escena cómica en cuestión de segundos; cualquier imagen trágica roza con frecuencia el límite de la ironía. Con la ayuda de lo absurdo y el expresionismo, el cuerpo es usado como objeto de burla, dolor, risa o exageración, dejando aparecer la abstracción de un movimiento frustrado e inacabado. Mendigos, héroes, coplas y gallinas”. Y es que, No Drama, por encima de cualquier otra característica, tiene el potencial desestabilizador de lo inorgánico, lo disperso, lo intersticial, y es ahí, a mi juicio, donde el montaje presenta su mayor interés. Frente a una racionalidad instrumental que nos obliga a entender la propia representación como una secuencia pautada de estructuras homogéneas y coherentes, No Drama nos propone bucear en las “arritmias” del movimiento y la música. Aprovechando los recursos de las vanguardias expresionistas y del absurdo, las distintas piezas levantan un edificio de irregularidades, infrecuencias, falsos principios y finales, cortes arbitrarios, músicas mutiladas, transustanciaciones de lo humano a lo animal, de lo cómico a lo trágico, de lo emocional a lo hierático, que ponen en solfa esas pretendidas totalidades de las que dábamos cuenta al principio de este texto. Se crea un territorio híbrido sometido a la disciplina indisciplinada de lo no instrumental. Bien podríamos aplicar como descriptor de esta obra la definición que el Diccionario de la lengua española de la RAE nos informa a propósito del término “intersticio”: Hendidura o espacio, por lo común pequeño, que media entre dos cuerpos o entre dos partes de un mismo cuerpo. ║ 2. Espacio o distancia entre dos tiempos o dos lugares, intervalo. Un montaje sutil, extraño, al que se va entrando poco a poco a medida que nos vamos despojando de nuestra propia máscara, y donde, con escasos elementos en escena, se bucea hábilmente en esos intervalos espacio-temporales que debilitan la rocosa e impenetrable “verdad” logocéntrica.

Dejo la ficha artística para quién quiera saber más ver:
http://www.lacasaencendida.es/LCE/lceCruce/0,0,73537_0_73579_16329$P1%3D16,00.html

NO DRAMA

Dirección y coreografía: Antonio Ruz.
Interpretación y coreografía: Maureen López, Dimo Kirilov y Antonio Ruz.
Arte y regiduría: Daniela Presta.
Música: Antonio Ruz y Fernando Abras.
Luces: Olga García


EGL

Máscaras





Hallar descanso en lo inseguro
Emily Dickinson


Técnica: Acrílico sobre papel. Madrid. Agosto 2010. EGL.

Composición 1

video

Vídeo. Londres. Agosto 2010. EGL.

Adiós a Brixton




Fotos de Brixton realizadas por Manuel Martínez Araúzo.

Empiezo a intuir que las ciudades no existen. Me refiero a las metrópolis, a esas conurbaciones inagotables donde forzamos nuestras vidas. Londres, París, Madrid, da lo mismo, todas ellas no dejan de ser ficciones políticas o encierros administrativos para mejor control, perdón, quise decir gestión, de sus ciudadanos. Las ciudades reales (y no quiero utilizar el término “realidad” en su sentido aparente, sino más bien en el borgiano, es decir, convivencia del sueño y la vigilia) parecen aquellas que son fabricadas por sus pobladores, cotidianamente, y que después dejan huella en la memoria sentimental de la gente. Tras un año en Londres sólo puedo concluir que, en apariencia, he habitado la capital británica, sin embargo mi tiempo ha sido el de Brixton, o lo que es lo mismo, el de un Londres localizado, real e irreal al mismo tiempo. Y es que, siendo honestos, cualquier ser humano es poca cosa para aprehender una urbe. Su mirada, sus pasos, su conocimiento apenas pueden contener la crónica de unas pocas calles, recovecos, mercados, librerías, cines, plazas, jardines, clubs nocturnos, que se adhieren a su biografía como una segunda piel. Me temo que no late en mí el viajero cualificado, deseoso de fatigar cuánto le ofrece el mundo exterior. Por el contrario, prefiero replegarme en la supervivencia de un barrio. Disfruto con la sensación de haber compartido, si quiera un instante, la vida de los otros. Sólo el extranjero parece cumplir ese viejo propósito.

La poesía es un territorio para el asombro y la extrañeza. Algunos poetas han tenido la rara cualidad de generar universos simbólicos dentro de los cuales las categorías más o menos establecidas de la sociedad se ponían en duda y se abismaban. No en vano, para algunos teóricos, una de las señas fundamentales de la poesía debería ser, precisamente, su capacidad de extrañamiento; presentar la inteligibilidad de lo otro, mostrar su razonabilidad, de modo que queden suspendidas las certezas morales de nuestra aparente sólida racionalidad. Al igual que la antropología habla de entrenar la “destreza del extrañamiento” como a priori del etnógrafo, se podría afirmar que para muchos poetas esa misma destreza se transforma en el corazón de la labor literaria; como si el desplazamiento, de algún modo, fuera un paso ineludible para el movimiento intelectual. Pues bien, Brixton ha sido, durante este tiempo, mi particular “extrañamiento”, mi contradictorio “desplazamiento”. Quizá por eso aquí escribí RITUAL (el que será mi próximo libro) y quizá por eso también sus calles forman parte ya de mi presente.

Hago memoria. De nuevo me veo caminando como un lobo, Helix Road arriba. Camino al Ritzy. ¿Te acuerdas del Ritzy? Yo sí. Perfectamente. Su fachada de multicine de barrio, ladrillo visto inglés, cenefas encaladas, bajorrelieves heráldicos en la mejor tradición clásica, como un Partenón del diecinueve, y ese cartel rojizo, eléctrico (R-Y-T-Z-Y), en grandes letras juguetonas que afantasmaba la acera con formas, a veces, un tanto misteriosas. Unas puertas de tres hojas, también encarnadas, que daban acceso al restaurante inaugurado pocos días antes. En cierta medida podemos decir (¿no crees?) que allí se congregaba la “intelligentsia” del barrio; tipos leídos que, sin rubor, destapaban un volumen de Foucault delante del resto de visitantes, o huroneaban en Internet el Time out, o simplemente se daban cita allí antes de proseguir hacia destinos más feraces en Clapham. La hamburguesa vegetariana. Las músicas del mundo a volumen razonable. La sensación indefinida de estar en un espacio propio, no hostil, donde todos participaban, participábamos, del mismo espectáculo que el resto. Porque, seamos honestos, aquello era una representación. Sabes de lo que te hablo. Gente impoluta. Atenta. Educada. Sin espontaneidad. Ninguna palabra más alta que otra. Vino. Cócteles. Charlas “eruditas”, sesudas incluso para horas tan tempranas. Muy distinto al latido de Brixton Station. Riadas de trabajadores afrocaribeños volviendo a sus casas. Los vapores del Kentucky Fried Chiken impregnando la avenida. Los restos de mercaderías desparramadas por la acera fabricando sutiles e inesperadas alianzas: cartón y pescado, fruta y periódicos, flores y aluminio. Mujeres somalíes con sus alegres trajes y ese porte aristocrático, de gacela. El trasiego de los autobuses y los empellones para colarse en ellos. El griterío. Los niños. El mercado. Los adolescentes desafiando la autoridad de sus adultos. Tiendas de móviles paquistaníes. Predicadores negros dispersados por cualquiera de las iglesias evangelistas que infestaban el sur de la ciudad. Y varios supermercados Iceland o Sainsbury's. Ya sabes, una avalancha heterogénea apenas a un paso de distancia del exquisito Ritzy. Quizá por eso, siempre creí que su existencia se debía más a un capricho del destino que a su legítima raigambre. También él era un extranjero, un alienígena venido de otro planeta

Este podría ser un párrafo escrito por mí o cualquier otro muchos años después de lo que ahora escribo, dando cuenta de la multiplicidad de formas de Brixton. Si uno repasa su historia encontrará figuras y momentos discordantes: la llegada del Empire Windrush en 1948 con las primeras remesas de emigrantes afrocaribeños encargados de reconstruir un Londres bombardeado por los alemanes, David Bowie y el nacimiento del Glam rock, Olive Morris y la lucha por los derechos civiles de la población negra, Roger Moore y el descrédito de 007, Charlie Chaplin antes de Charlot, John Mayor o el tory desarraigado, Vicent Van Gogh y la pasión amorosa por su landlady, las revueltas de Court Harbour Lane contra Margaret Hilda Thatcher, el nacimiento de The Clash, los disturbios en 1981, 1985, 1995… Quizá todo se resuma en una frase: Brixton parece un territorio hecho por extraños.

No sé. He llegado a la conclusión que, de vez en cuando, necesito ese desplazamiento, la salida de mí mismo, la disolución de la aparente unidad. Es urgente apartarse de lo equipado para hallar descanso, como decía Emily Dickinson, en lo inestable (curioso que esta afirmación proceda de una mujer que apenas salió nunca de Amherst).

Pero Brixton, además, es una canción, o mejor dicho, dos. La originaria, venida de dentro, y la contemporánea, llegada de fuera. The Clash y Nouvelle Vague: “Guns of Brixton”. Aquí las dejo para quién quiera escucharlas: http://www.youtube.com/watch?v=hiQoq-wqZxg (The Clash) y http://www.youtube.com/watch?v=cSX_3rL7THo (Nouvelle Vague)

Permítanme que finalice con un verso. Quiero pensar que resume todo lo vivido aquí. O no, nunca se sabe. De cualquier modo es lo único que puedo decir con un mínimo de sentido. El resto tendré que ir descubriéndolo en otros barrios y otros paisajes. Adiós, Brixton.

La máscara mantiene el calor del rostro que habitó.

EGL

Homenaje a Ezra Pound, de Roger Santiváñez

Ezra Pound fotografiado por Richard Avedon, 1958.



A continuación transcribo este espléndido homenaje de Roger Santiváñez (Piura, Perú, 1956), incluido en su libro Labranda (Asaltoalcielo & Hipocampo editores, Lima, 2008). Para quien no lo conozca digamos que se trata de un autor inscrito en el movimiento neobarroco latinoamericano, aunque lo mejor será adentrarse directamente en sus textos.


HOMENAJE A EZRA POUND (ARS POÉTICA)

Loca montis

Bona domna, Deu cug vezer
Quan lo vostre gen cros remir

Peire Vidal


Entre el blando pasto bajo algarrobos
Corre el Piura pleno de acholadas ninfas

Al fin fueron violados los ritos de Dionisio
& por la lengua mochada e´ Filomena sus
Hermanas se volvieron chilalos en el monte

Soleil plovil a forro cada siete años natura
Se presenta cual lluvia dorada por Danae

Terrazas de Ecbatana estrellas perfectas
Rutilantes Cunizza in Paradise cantó

Campestribus locis aguas de purificación
Belleza difícil mundo divino & misterioso
Dentro & fuera de la mente & El Tiempo

De Piura como detenida stella axial
Memorias de mi niñez en Churrilandia
Eternos estados de desolación todas

Las cosas que son, son luz como
Crece la hierba plura diáfana

El valle del Piura está lleno de ti con
Flores con frescos algarrobales con sol
Brilla el agua parda flotan las hojas

Escribo el dulce canto de los pájaros
Del jardín su lindo azul sonido
Música quena alma lágrima viva


Roger Santiváñez

Mapa de ningún lugar y Marguerite Duras

Grayson Perry. Map of Nowhere. London, 2008.



El otro día recorrí la British Library. Fue una visita como tantas otras. Un saludo a la escultura de Newton, franqueo de la puerta tras incómoda revisión de la mochila, una mirada panorámica al espléndido recibidor escalonado que da acceso a las varias salas de lectura y un peregrinaje por las “exposiciones temporales” que salmodian el recinto. Hasta la fecha sólo tengo parabienes hacia estas exposiciones. Sin ir más lejos, aún está adherida a mi recuerdo (allá por el otoño del año pasado) la dedicada a T.S. Eliot y su gestión al frente de Faber&Faber. Allí pude contemplar, asombrado, la primera edición de “La tierra baldía”. En esta ocasión la muestra habla de mapas. Su título: Magnificient maps, Power, Propaganda and Art (ver http://www.bl.uk/magnificentmaps/). Transito por las diferentes estancias. La cartografía como representación del mundo, como ejercicio del poder, como belleza, como itinerario para náufragos, como soberbia política, como panfleto, también como traducción de las inconsistencias del pensamiento. Agujeros, invisibilidades, terra incognita. Mapas que devienen en relatos de monstruos, batallas, ciudades, alucinaciones y pesadillas. Entonces me pregunto: ¿Existen mapas para la escritura? ¿Se puede trazar algún plan a la hora de escribir o ésta, la escritura, huérfana de toda representación, germina desde el desahucio? No tengo respuestas.

Quizá por eso comparece, como si de un fantasma se tratara, Marguerite Duras, quien en su libro “Écrire” (Gallimard, 1993) nos alerta de lo siguiente:

Se trouver dans un trou, au fond d´un trou, dans une solitude quasi-totale et découvrir que seule l´écriture vous sauvera. Être sans sujet aucun de livre, sans aucune idée de livre c´est se trouver, se retrouver, devant un livre. Une immensité vide. Un livre éventuel. Devant rien. Devant comme une écriture vivante et nue, comme terrible, terrible à surmonter. Je crois que la personne qui écrit est sans idée de livre, qu´elle a les mains vides, la tête vide, et qu´elle ne connaît de cette aventure du livre que l´écriture sèche et nue, sans avenir, sans écho, lointaine, avec ses règles d´or, élémentaires : l´orthographe, le sens.

Pongo el original en francés porque es el único que llevo en este momento. No soy traductor, así que disculpen los muchos errores que seguro cometeré en su traslado al castellano (quiero pensar que el lector es mucho más avezado que yo en materia idiomática y que, al menos, los contornos del mensaje quedarán dichos):

Encontrarse en un agujero, al fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. Estar sin tema alguno para el libro, sin ninguna idea de libro que encontrar, que reencontrar, antes del libro mismo. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante nada. Frente a una escritura viva y desnuda, como algo terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe está sin idea de libro, tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y no conoce de esta aventura nada más que la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, distante, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.

Imagino que si la escritura sabe de itinerarios, será el del mapa hacia ningún lugar.

EGL

Collages 2 - Iconos





Collages a partir de fotografías de Lurdes R. Basolí aparecidas en EL PAÍS SEMANAL, Caracas: Una guerra sin nombre. Técnica: Acuarela. Conté. Tinta china. Londres. Agosto 2010. EGL.

Hemos nacido de la agonía de una estrella



Armand Gatti. La edición de su antología poética. El prólogo luminoso de Francisco Javier Irazoki. Una pregunta: ¿Es posible la poesía después de Auschwitz? Y una respuesta: "No sé si imaginas lo que puede ser una representación teatral en un campo de concentración, los riesgos que supone, el compromiso que implica. Un día, un grupo de judíos lituanos y polacos montaron una pieza. Comenzaba con una larga salmodia, una suerte de oración murmurada, y, de repente, interrupción: Ich bin (yo soy). Y continuaba el murmullo. De nuevo: Ich bin. Y la oración. Ich bin. Era el final. Los deportados-espectadores habían seguido en un silencio extraordinario, un verdadero fervor. He guardado un recuerdo muy fuerte de esa representación. Los políticos deseaban que el grupo modificase el texto. Proponían: Ich bin, Ich war, Ich werde sein (Yo soy, yo era, yo seré). Pensaban que de esa manera el mensaje sería más claro; los actores no cedieron: Ich bin.” Ese es Gatti.

En uno de sus poemas más celebrados, No hay más revolución que la del sol, el escritor monegasco nos dice: “Confundir la revolución con la toma de poder, cuando se trata de toma de conciencia, ¿es la tarea de la literatura o de la política?”. Interesante pregunta. Y compleja. Durante mucho tiempo, cierta tradición realista española tendió puentes entre la acción política y poética, subordinando la segunda a la primera. Literatura combativa. Arte de compromiso. Libros capaces de activar los resortes de la acción colectiva al igual que una huelga o una asamblea de trabajadores. El poema como posibilidad inmediata de transformación. Más tarde sucedió el desencanto y la constatación de la escasa capacidad movilizadora del poema en tanto herramienta para la revolución. Sin embargo, el linaje del que proviene Gatti emerge de un universo muy distinto. Madurado en la intemperie de la resistencia (anti-nazi, anti-fascista, anti-burguesa), en el amor a las vanguardias históricas y su carácter desestabilizador (surrealismo, Michaux, etc.), en el periodismo cultural y sus miserias, y en la dramaturgia del “teatro épico” de Erwin Piscator, Armand Gatti levanta un monumento literario y simbólico de indudable potencia, propio y difícilmente extrapolable a otras realidades. Felicitemos a la joven editorial madrileña Demipage por aventurarse en la edición de este libro, pues no corren buenos tiempos para propuestas de tal radicalidad, porque ante cierta hegemonía postmoderna (y su final de los grandes relatos) la voz de Gatti parece insistir, tozudamente, en la permanencia del conflicto entre desposeídos y poseedores, entre los detentadores del capital simbólico y aquellos que solo reciben sus migajas.

Aquí dejo algunas estrofas de uno de sus poemas: LOS PERSONAJES DE TEATRO MUEREN EN LA CALLE

El que combate permanentemente en la frontera de algo (importante), pero no sabe nunca dónde se encuentra

El que trabado en las gestiones del simbolismo ha plantado el rastrillo y el arado imaginarios en las estaciones de U-Bahn para desafiar (¿reinventar?) a la ciudad

El que ha bebido alcohol de huevo de serpiente en Pekín con el ministro de los extranjeros -y que se ha creído chino durante años (y lo sigue creyendo bajo el efecto de versículos del tao en uno de los cajones de su mesa de trabajo)

El que el mismo día, ante la misma pared de una prisión de Guatemala, vio tres Cristos (quizá hubiera uno falso) fusilados por los hombres de la United Fruit Cie –y que desde entonces busca una cruz sin jamás encontrarla (de ahí sus explicaciones –no se puede vivir con un Cristo sin cruz)

El de las citas clandestinas con las parábolas budistas y que cree leer el mundo en la cabeza decapitada del gato del monte Nan-Chuan

El que buscaba en medio de la diáspora de los pueblos a la nieta de un cosaco ucraniano, que se había escondido en los mundos libertarios con un cineasta cabeza de caballo

[…]

El que nunca está aquí (o, si se encuentra, nadie lo sabe). Quizá esté muerto en algún lugar, pero todos lo ignoran.


Y tras leerlo no puedo por menos que imaginarme cómo será su espacio creativo, La Parole errante en Montreuil (http://la-parole-errante.org/), sitio ya mítico al que algún día me gustaría peregrinar, y también se me agolpan en la mirada las primeras imágenes de Nuit et brouillard (Noche y niebla) de Alain Resnais que parecen dialogar con toda su obra: http://www.youtube.com/watch?v=zkRpa3lZaJE

Esta cama o diez, treinta ríos que fluyen de frente pueden convertirse en canto; es la palabra errante”. Armand Gatti.